El cuello de botella del oligopolio energético

El cuello de botella del oligopolio energético

noviembre 14, 2021 Desactivado Por inQualitas

No solo huele mal en el negocio del hidrocarburo. Se ha descoyuntado el engranaje de la oferta y de la demanda en el mercado mundial de materias primas. ¿La escasez y aumento de precios son debidos a la reanudación de la actividad económica tras los casi dos años de estancamiento por la pandemia o el mal es más profundo? La mirada inquieta de medio mundo se vuelve hacia China, ¿consume más o tira menos del carro de la producción? La respuesta no puede ser tan sencilla. La crisis de abastecimiento de materias primas y de suministros industriales hace malpensar sobre la capacidad de planificación a medio y a largo plazo de los gobiernos y de las élites globales. No solo en lo referente a la extracción de suministros básicos sino en su distribución. Por ejemplo: ¿En qué pocas manos ha ido a parar la fabricación de semiconductores? ¿Qué está ocurriendo en los puertos de medio mundo y en sectores estratégicos como el del transporte? Como ha supuesto Amazon para el pequeño comercio, parece imparable el proceso de concentración en grandes monopolios que podrán controlar la economía global a su antojo. Están aprovechando el momento, a río revuelto ganancia de pescadores.

La combustión generalizada de hidrocarburos sigue siendo prioritaria para proporcionar la energía que hogares y empresas necesitan para sobrevivir. Se ha podido disimular la carestía en la refrigeración estival, pero ante el frío del invierno nos asaltan las urgencias. La última década ha sido la de las energías renovables, pero ¿qué se ha hecho en realidad?, ¿dónde están, ahora que más las necesitamos? No es por mala fe, ni son creíbles las teorías de la conspiración. El problema es más complejo. No hay liderazgo político ni en los grandes estados ni en las coaliciones internacionales. Solo un complejo entramado de burocracias que no saben a dónde van, porque nadie las dirige. Se limitan a repetir los mantras que los grandes medios de comunicación proporcionan al público y a una clase media cada día más desconcertada. Ahora sí que empezamos a verle las orejas al lobo. En noviembre de 2021 se ha puesto en escena la enésima conferencia internacional sobre el clima en Glasgow. Un cansino “bla, bla, bla” de políticos y de funcionarios internacionales, como acertadamente denuncian los activistas. Igual que en anteriores ocasiones es previsible que acabe en mucho ruido y pocas nueces.

El panorama global es desalentador, pero el caso español acaso sea el más escandaloso, el paradigma de la estulticia en este sector estratégico. Vamos a ver: si vas repitiendo que prescindirás del hidrocarburo como componente primordial del mix energético, no es de extrañar que las petroleras dejen de hacer nuevas prospecciones y se contenten con la oferta que tienen disponible. Más si durante casi dos años apenas han vendido stocks. Pero esto no es lo más grave. Durante estos años el porcentaje de energías renovables puestas a disposición de los reguladores estatales de la energía ha sido escaso, en algunos casos ridículo. Si dices que vas a hacer algo, hazlo. Después no debe extrañarte la reticencia de los proveedores tradicionales. Por desgracia, lo que está pasando es lo más natural del mundo.

Los norteamericanos con darle a la manguera a presión del fracking y seguir machacando sus recursos naturales se autoabastecen y ofrecen el excedente al mejor postor. Se embarca más combustible hacia Asia que hacia Europa. Nosotros acudimos a otros proveedores. Ah, pero nuestros líderes europeos nos complican la vida cambiando la hora cada otoño para ahorrar no se sabe qué ingente cantidad de energía. Ni siquiera eso son capaces de reformar las burocracias nacionales e internacionales. Lentas y holgazanas, su misión es producir papeles e informes en cantidades industriales y, eso sí, acudir a conferencias de todo tipo a presumir de su sabiduría teórica. En cuanto a la capacidad práctica y sentido común del emprendedor y del gestor eficiente… pues, a la vista está la que tenemos.

Como es bien sabido, aquí calentamos nuestro geriátrico europeo —y garantizamos el suministro y el cálculo de la factura mensual— a base de gas ruso por el norte y argelino por el sur. En todas partes cuecen sus habas como pueden, pero España es un caso especial. Ocurre como con el número de bajas ante la primera ofensiva del coronavirus: destacamos entre los peores. En todo caso, a diferencia de la novedad vírica, la crisis energética endémica que padecemos en esta parte del mundo facilita el diagnóstico. La gestión pública, mande la derecha o mande la izquierda, ha sido y es nefasta. Para enlazar con el horario europeo, ni tan siquiera nuestros gobernantes, en todo lo que llevamos de época democrática, han sido capaces de corregir el desfase ibérico que sigue, generación tras generación, embarrancado en el huso horario de Berlín, en vez del que le corresponde de Greenwich (uf, qué pereza). De igual manera no han sido ni son capaces de racionalizar, de una vez por todas, unos horarios demenciales más propios de un país de pandereta que de uno con futuro industrial, tecnológico y científico. Con el agravante que aquí el beneficio privado suele ser voraz, desmedido, como corresponde a un país con el parásito monstruoso de una élite extractiva sólidamente instalada en los aledaños del poder desde hace siglos.

Por muchas comercializadoras que se presenten en el Estado español, solo hay tres grandes empresas que controlan el mercado. Son las que producen la mayor parte de la energía que se distribuye. Son las que importan los hidrocarburos que quemamos, más la gestión de algunas fuentes secundarias en el mix energético. A mediados de la primera legislatura de las izquierdas comprobamos, factura tras factura, que el peso de las energías alternativas, sostenibles o respetuosas con el medio ambiente no es el que se nos había prometido. Un florido ramillete de altas funcionarias y funcionarios internacionales se ha puesto a la labor, para hacer aquí lo mismo que hacían en sus pomposos cargos públicos en el ancho mundo: informes, proyectos, conferencias, etc. Pero capacidad ejecutiva, ninguna. No son realizadoras o realizadores, como los privados que tienen que asegurar la viabilidad de sus empresas segundo a segundo. Son tan solo burócratas. Otro espécimen a contabilizar en la nutrida nómina de los que trabajan o vegetan (según los casos) al socaire del Estado. Estos directores o directoras generales, estos ministros y ministras nunca han gestionado negocios privados complejos ni, por supuesto, sus propios proyectos empresariales. Todos ellos y ellas solamente tocan de oído. No hay capacidad de planificación, de anticipación y mucho menos de ejecución. Y todo esto ocurre en un país privilegiado, por las horas de insolación en gran parte del territorio durante casi todo el año, por las inmensas superficies casi deshabitadas o improductivas y por la buena disponibilidad de capitales y excelentes recursos humanos y técnicos. Sumen estas variables y vean hasta dónde alcanza la incompetencia pública de los profesionales de la política en el gobierno central y en todas las autonomías. Primero fue Rodríguez Zapatero, que predicó mucho pero dio poco trigo. Tras su labor de concienciación, Mariano Rajoy —uno de los más desvergonzados gobernantes que ha tenido España— se limitó a seguir respecto al cambio climático la vía negacionista y cínica de Trump-Bolsonaro and Company. Así pues, ahora tenemos lo que tenemos; y, para más inri, aquí somos los que menos podemos influir en el sector privado que nos ahoga sin misericordia, ya que de los tres grandes campeones de la energía dos son extranjeros y solo uno, en parte, de capital español.

Bien es cierto que partíamos de una etapa demencial en la que las derechas de toda la vida frenaron el proceso de diversificación de fuentes energéticas y se cubrieron de gloria con el “impuesto al sol”. Esta fue la culminación de la época del PP con la legislatura y media de Rajoy. La del PSOE-Unidas Podemos no ha supuesto el cambio radical que anunciaban. A mediados de la legislatura el balance es muy pobre. La tarta energética se ha dejado casi como estaba y no se ha abordado con la decisión que merece la descentralización de los focos productores de energía en todo el territorio. Esta posibilidad estaba y está a su alcance, y en un tiempo legislativo y ejecutivo breve, pero no han sido capaces hasta ahora, ni de legislar ni de actuar de manera decidida sobre el terreno, ni el gobierno estatal ni los regionales. Y, en consecuencia, no han podido hasta ahora invertir, con la energía humana necesaria, ni los grandes capitales, ni los emprendedores medianos o pequeños, ni las asociaciones o cooperativas de productores-consumidores, ni los ayuntamientos, ni nadie.

 

Francesc Ribera