
Conversación con Fernando Gil Villa
enero 22, 2026 Desactivado Por inQualitasConversaciones sobre calidad política
y sostenibilidad de la democracia

Fenando Gil Villa

Francesc Ribera Raichs
Francesc Ribera Raichs es escritor y editor especializado en información empresarial y en la publicación de obras dedicadas al fomento de la calidad, la excelencia y la innovación. Acaba de publicar en 2025 el libro El control de calidad del poder político. Cómo el gobierno mediocre destruye la democracia; continuación de la obra, de 2019, ¿Es posible garantizar la calidad en los profesionales de la política? en la que desarrollaba la serie de ocho artículos “Calidad y Partidos Políticos” publicados, entre enero y septiembre de 2015, en esta revista digital.
FR: En su obra La cultura de la corrupción usted afirma que “la corrupción es un cáncer para la sociedad porque ataca al cimiento de la confianza”. Los políticos, o eso que llamamos “la clase política”, no generan confianza, ni en el país de la picaresca ni en el conjunto de Occidente. A casi veinte años vista de su publicación, ¿cuál es su percepción de esta lacra social? ¿Existe algún remedio efectivo para mejorar la democracia?
FGV: El único remedio efectivo es la regeneración moral. Si nos fijamos sólo en la esfera política no podremos comprender el problema en toda su extensión. Es más, la actitud de ver la paja en el ojo ajeno es un mecanismo de defensa del actor racional egoísta que separa por interés su vida privada de la vida política que en teoría contempla como un espectador. Pero los políticos son antes que nada ciudadanos que buscan también su bienestar. En la medida en que sus objetivos personales, como el del resto, coinciden en la consecución del éxito en todos los terrenos para alcanzar su realización personal habrá que ver hasta dónde están dispuestos a llegar para lograrlo. En nuestros días parece que muy lejos, demasiado. Contemplamos con estupor la relación incestuosa entre los poderes ejecutivo, legislativo y judicial. La metáfora del incesto es apropiada. En ciertas comunidades ha servido para garantizar su supervivencia, del mismo modo que la separación de poderes garantiza la supervivencia de la democracia.
En cada etapa de la historia tendremos que intentar ordenar la relación entre los valores culturales, estructurales y circunstanciales que hacen posible la toma de decisiones en las que un actor social se beneficia a costa de otros. Esa debe ser la reflexión inicial.
Sobre ese tablero deberemos ir poniendo piezas. Por ejemplo, en las últimas décadas, al derivar a los municipios la gestión de problemas sociales importantes, relacionados sobre todo con la exclusión, con fondos europeos, aumenta el número de personas tentadas a beneficiarse personalmente.
En los debates sobre corrupción enseguida se habla de normas y estrategias que la vigilen o castiguen. Y es evidente que hay lagunas clamorosas si nos comparamos con otras democracias, como la existencia de una enorme cantidad de representantes aforados que cuentan con un plus de impunidad. Pero el sistema educativo es esencial en la prevención y de eso se habla menos. Y menos aún del tipo de relaciones que establecemos a través de las nuevas formas de comunicación, cada vez más impersonales, o del valor de la información como bien por el que se compite y que es atestiguado por la importancia que cobra su negativo, la desinformación. Lo mismo ocurre con la verdad y la posverdad. La transformación de esos valores culturales acaba contaminando la responsabilidad ética.
Una consideración de las bases culturales profundas del concepto de corrupción nos permitiría entroncar la corrupción política con la corrupción moral generalizada tal como la describen las tradiciones religiosas judía y católica. Justamente en nuestros días algunos líderes populistas que gobiernan grandes potencias desde autocracias disfrazadas de democracias retoman esa lectura poniendo al día los mismos indicadores, la generalización de la inseguridad y de la ruptura de las normas, la falta de respeto a la palabra, a los compromisos y pactos, hacia cualquier figura de autoridad, el desecho de las tradiciones, la sexualización descontrolada de la infancia y la adolescencia, etc. Vistos como males inevitables de las democracias liberales posmodernas se explica el auge de las ultraderechas en Occidente que conectan con las dictaduras orientales de una forma impensable a finales del siglo pasado, cuando Huntington publicó su ensayo sobre el choque de civilizaciones.
FR: En una revista dedicada a la calidad del liderazgo empresarial y profesional podría parecer que no es éste un factor esencial para garantizar nuestra productividad y competitividad, pero los economistas más clarividentes empiezan a referirse a “la riqueza ética de las naciones”, en la línea de lo que señalan los dos último premios Nobel de Economía D. Acemoglu y J. A. Robinson. ¿Los pueblos de España en esto, como en tantas otras cosas, somos o seguimos siendo esencialmente pobres?
FGV: La economía capitalista nace de la ética protestante. Una parte de esa raíz se seca a medida que cambia el clima religioso por causa de la secularización. Pero el árbol logra adaptarse sustituyendo la sabia del trabajo por la del consumo y el ocio. Sin los anticuerpos que le proporcionaba el puritanismo se acentúa la contradicción entre el querer y el poder, entre el deseo y la realidad. El objetivo del árbol es crecer con la menor pérdida de energía posible. Sabe que crecería más con un aumento de sacrificio, pero no está dispuesto a pagar, entre otras cosas porque su umbral de dolor ha disminuido. Por su parte, en el bosque aledaño de los árboles políticos, el gen dominante es el liberal y acaba imponiéndose. Como en el caso anterior, en su ADN cuentan con material que lo equilibra, aportado por clásicos como Hayek. Pero bajo la ideología del progreso la política se pliega a la economía. El desequilibrio del árbol económico acaba afectando al árbol de la democracia liberal. La consecuencia es el aumento de la desigualdad, la cual, a estas alturas de la historia, es relativamente hueca, es decir, no es tan realmente dramática como antes, no pone en jaque ni de lejos, tanto como en el pasado la supervivencia objetiva. Pero como el bienestar en los humanos, su percepción de lo que es necesario, es en gran parte subjetivo, el drama acaba floreciendo cuando algunos ciudadanos se deprimen, o roban, o se corrompen (que viene a ser lo mismo) por no tener algo que no necesitan para sobrevivir. Como consumidores políticos actúan como frutos del árbol económico, su cultura cívica no les impide exigir los gobernantes más de lo que ellos están dispuestos a dar. Incluso si aplicaran una estricta dinámica de reciprocidad, ese esquema ético sigue siendo egoísta y no garantiza el bienestar de todos. De ahí que la única forma de que se recupere el equilibrio entre la igualdad y la libertad sea realizando en los árboles de la economía y la política una transfusión de éticas orientales como la budista que sustituyen el Qué gano yo con esto por el Cómo puedo ayudar.
FR: La democracia es o se traduce en el fondo en “mesocracia” o poder de las clases medias. Es obvio que, entre la minoría acaparadora y una masa cada vez más desposeída, solamente la parte intermedia de la sociedad puede sostener el sistema democrático de gobierno. Los economistas coinciden en señalar el adelgazamiento alarmante de esta parte media o intermedia de la sociedad, ¿cómo lo interpretan y analizan los sociólogos? ¿Hacia dónde cree que vamos, o nos llevan?
FGV: No creo que se reduzcan las clases medias, sino que, por un lado, se diversifican y, por otro, aumenta la frecuencia de entrada y salida entre las subcategorías. Acabo de ver en el escaparate de una zapatería que no se encuentra en el aeropuerto o en un centro comercial de lujo, unos zapatos de 379 euros. ¿Si me los compro soy de clase media? ¿Y si no me los compro?...
De seguir usando el término clase social tendremos que valorar su vigencia en función de la presencia de los valores culturales que le es propio. Lo que desaparece es el estilo de vida de las tradicionales clases populares, el cual tenía que ver con la cosmovisión de la vida rural agraria, donde la austeridad iba más allá de la pobreza y el compartir más allá de la solidaridad. La que triunfa es la cultura del individualismo, que es una seña de identidad de la clase media. La última versión de la misma muestra un perfil sociopsicológico concreto: el individuo-gestor. Somos poli o “multiadministradores” que cargamos en nuestras espaldas una mochila de muchos bolsillos cuyas cremalleras están muy tensionadas porque al final la pregunta siempre es la misma: ¿estoy gestionando bien mi trabajo, mis amistades mi matrimonio, mi cuerpo, mis emociones? Utilizamos el verbo gestionar para las cosas grandes, como la muerte o la enfermedad, y para las pequeñas, como la respiración. De modo que acabamos utilizando las herramientas del mundo de la gestión en todos los aspectos de la vida para tener éxito: acabamos “compartimentalizando”, categorizando, clasificando, negociando, y al cabo, cayendo en la trampa de hacer trampas como estrategia socialmente tolerada cuando te topas con el nudo de un conflicto. Es así como desde cierta perspectiva se puede valorar como más exitosa una gestión del patrimonio personal que no declare todo lo debido a Hacienda, o una gestión de la familia o del mismo matrimonio en la que uno de los padres engañe a su pareja en vez de separarse, lo que podría ser considerado como fracaso, de ahí que lleguemos otra vez al mismo problema de fondo, la crisis de la responsabilidad ética.
¿Hasta qué punto el dominio de la cultura de las clases medias, ya global, es pro-democrático? Francis Fukuyama expresó la idea, aparentemente lógica, de que las clases medias garantizan mucha menos corrupción que en los sistemas clientelistas donde el voto se podía comprar impunemente. Sin embargo, Elon Musk creó en 2024 el América PAC, un comité de acción política para movilizar el voto a favor de Donald Trump ofreciendo entre 47 y 100 dólares a quien consiguiera que un votante registrado en un estado clave firmara una petición en apoyo a la Primera y Segunda Enmienda. Además, sorteaba un millón cada día entre los firmantes. Para el Departamento de Justicia estos gestos iban en contra de las leyes que intentan prevenir la corrupción del censo.
FR: Como profesor universitario, usted mantiene un contacto frecuente con los jóvenes: ¿cuál es la actitud que percibe entre ellos respecto a la democracia? ¿Cree que estamos organizando bien su formación? ¿Qué está fallando para que prosperen entre ellos actitudes antidemocráticas que creíamos superadas?
FGV: Afortunadamente, puedo decir que no soy un profesor quemado. Sigo disfrutando de mis clases. No soy sádico con mis estudiantes, como muchos profesores, e intento prepararme las clases sin leer papeles y siendo ameno. Pero eso no me impide hacer una valoración crítica de la situación actual del alumnado universitario. Individualmente, nuestros alumnos, y más después de Bolonia, son credencialistas, buscan obtener con el menor esfuerzo un título que les sirva para mantener su triste lugar en la cola del paro. Colectivamente, son corporativistas, sus asociaciones son capaces de negociar con el diablo, es decir, con profesores de universidad reconvertidos a gestores antiéticos, en el sentido de hacer gala de malas prácticas. No importa, puesto que lo único que les interesa es obtener éxito en sus demandas, las cuales buscan su exclusivo beneficio. Se colocan así en el polo opuesto de sus antecesores de Mayo del 68. A más de una de estas asociaciones les he regalado mi libro Los estudiantes y la democracia. Reinventando Mayo del 68, pero ha caído en saco roto. Observo con preocupación cómo crece la intención de voto de los partidos de ultraderecha entre los jóvenes de varios países, incluidos los universitarios. En el nuestro, algunos incluso se muestran en las encuestas partidarios de la dictadura. En mi pueblo, uno grande, los quintos de este año, en sus tradicionales celebraciones por las calles, llegaron a entonar el Cara el sol. Se trata del mismo pueblo donde unas semanas más tarde, se excavaba la segunda fosa más grande del país hasta el momento con más de 150 asesinados. Es escalofriante imaginar cómo se revolvería en esa no-tumba uno de ellos al detectar que su bisnieto forma parte de ese espectral coro, una actividad que en otros países, como Alemania, estaría prohibida.
FR: Como bien recuerda, una parte muy considerable de los universitarios acaban en el paro o el subempleo. Y cuando la mayor parte de ellos y ellas consiguen superar esta barrera de entrada han de invertir una cantidad desproporcionada de sus ingresos en proveerse de una vivienda digna, sea de compra o de alquiler. Las tipologías de gestores públicos que proliferan en las mesocracias no parecen las más adecuadas para resolver problemas como éste que angustia a tantas personas. ¿Está fallando también en eso la democracia o la gestión que se hace de ella?
FGV: En el problema de la vivienda, especialmente acuciante entre los jóvenes, se mezclan factores coyunturales, estructurales y culturales. De los primeros se habla más, de los segundos menos y de los terceros aún menos.
En los años sesenta del siglo pasado, la expansión de la economía y el boom inmobiliario hace que muchas familias compren viviendas. Sus hijos continuarán el éxodo urbano y llenarán las universidades veinte años más tarde. Al “licenciarse”, como se decía entonces, lograrán mejorar el estatus social, con mejores empleos y la posibilidad de adquirir a su vez una vivienda, normalmente con hipotecas. El problema empieza con la tercera y cuarta generación. Por una parte, el mercado de trabajo para titulados superiores comienza a saturarse. Por otra, pincha la burbuja inmobiliaria con la crisis del 2008. Eso contrae un mercado que, a diferencia de otros países, no había creado una reserva de viviendas disponibles para el alquiler porque aquí la costumbre es tenerlas en propiedad. Cuando en los últimos años se recupera resulta que se enfrenta a un nuevo obstáculo que lo tapona: el turismo.
Ahora bien, esas circunstancias malhadadas no consiguen dar cuenta de toda la problemática. Hay al menos dos consideraciones culturales que deben sumarse. España presenta una anomalía estructural entre los países de la OCDE: hay más gente con títulos universitarios que con títulos de educación secundaria. En parte esto tiene que ver con la herencia de los pecados capitales. Como en siglos pasados, preferimos ser hidalgos, vale decir universitarios, que no tienen qué llevarse a la boca, a llevar el mono azul. ¿Recuerda usted aquello de “el que vale, vale, y el que no a FP”? En segundo lugar, a diferencia de otros países de nuestro entorno, los jóvenes alargan su emancipación estirando la dependencia de los padres. Hay un desfase entre España y muchos países de habla latina en cuanto al grado de formación de la población. Muchos jóvenes titulados podrían aprovecharlo migrando allí porque las oportunidades de empleos de mano de obra especializada son mayores. Pero en general no lo hacen. Seguro que también le suena otra expresión popular: “Vive de tus padres hasta que puedas vivir de tus hijos...”. Sólo que habría que actualizarla, quitando la segunda parte por dos razones: porque tener hijos supone una pesada carga económica y psicológica (se habla de padres quemados) y porque, a diferencia del pasado, las probabilidades de que tus hijos te cuiden son cada vez menores.
FR: En su último libro Ni animales ni dioses dedica un apartado a la era del “poshumanismo”. Con frecuencia sostengo que precisamos de una nueva ciencia que podríamos denominar Psiquiatría Política para entender lo que está pasando, pero de momento disponemos del arsenal de las ciencias sociales y humanas consolidadas. ¿Cómo percibe desde dentro del estamento académico su situación actual? ¿Desde este ámbito de reflexión avanzamos en realidad, es decir, sirven sus actores para, de manera efectiva, cambiar realmente las cosas?
FGV: Comparto la inquietud que planea bajo la expresión psiquiatría política. De hecho, en mi último ensayo sobre la esperanza, todavía inédito, propongo el término de Theratocracia para aludir al Gobierno de los monstruos, de personas con una grave deformación moral que además deforman lo que les rodea, de orates como Mr. Trump. Inciso: espero que me hija no me pida viajar a Estados Unidos después de que se publique esta entrevista. Puedo imaginar cómo se ha debido de sentir mi colega de Harvard, Steven Pinker, defendiendo la Ilustración o lo que llamaba la Nueva Paz, y viendo de repente cómo irrumpe en la escena un tipo con múltiples rasgos de carácter clásicamente definidos como patológicos, desde la megalomanía a la negación de la realidad. La ironía es que, después de todo, sí que estamos ante una nueva concepción de la paz, una en la que quien manda al ejército a las calles de Los Ángeles, Chicago y otras ciudades, o amenaza con invadir Venezuela, se las da de pacificador.
En España ha habido algún psiquiatra que ha hablado precisamente de la egolatría como tendencia cada vez más generalizada. No obstante, me parece que parte de estas interpretaciones pueden perder fuerza cuando se muestran presas de marcos teóricos y mentales demasiado ortodoxos, como el marxismo en la antipsiquiatría y ahora en la antipsicología.
En cuanto a la segunda parte de la pregunta, que refleja igualmente su inquietud, a estas alturas es ya evidente que el sistema académico por el que se ha regido la universidad en general, y las ciencias sociales en particular, no sólo es incapaz de ayudar, sino que en general echa leña al fuego del problema. En realidad, sucede a este nivel lo mismo que ha venido denunciando la sociología de la educación inspirada en Pierre Bourdieu: la escuela, que en un sistema meritocrático tiene la sagrada función social de democratizar, es decir, de generar igualdad de oportunidades, resulta que actúa en la práctica como un mecanismo de reproducción social a través de la cultura.
De la misma forma, la universidad de este siglo abandona cada vez el paradigma humanista que lo inspiraba tradicionalmente para abrazar otro de carácter tecnocrático más acorde con el pragmatismo egoísta de los actores. Estando en la última recta de mi ya larga carrera (más de treinta y cinco años), temo me pudiera ocurrir lo que a ilustres colegas como Jordi Llovet, que se jubiló publicando el libro Adiós a la universidad (título que tenía un doble sentido). Quiero pensar que un pequeño claro de esperanza se abre por fin cuando, tras muchas críticas y casos flagrantes donde se ve el fracaso del sistema, se comienzan a flexibilizar los criterios de evaluación de los docentes. Pero es demasiado pequeño. Mis colegas de la sagrada Universidad de Salamanca, por ejemplo, se ufanan de pertenecer a la misma comunidad de la que formó parte Miguel de Unamuno. Pero esto es más por el prestigio que les aporta esa figura que por seguir su pensamiento. No sólo no siguen su ejemplo de escribir libros que pueda leer la gente, sino que ignoran sus consignas, como ésta: “Es necesario que la Universidad y los profesores se echen a la calle para compenetrarse con el pueblo y convivir con él”. Más bien parecen decir: “Que cada cual se rasque con sus propias uñas”. De forma que el cinismo se convierte en el colmo de cinismo cuando compiten por dirigir proyectos sobre problemas sociales para luego acabar escribiendo artículos en inglés para revistas superespecializadas que nadie lee y que en todo caso alguien cita sin leer, con ayuda de la IA. Recalco: en inglés. De nuevo Unamuno: “lengua inglesa, lengua de presa”. En efecto, el inglés que todo lo invade es la lengua de la economía por excelencia, la lengua del gerencialismo, del pensamiento calculador opuesto al pensamiento reflexivo, ese que, en la distinción de Heidegger, se pregunta por la cosa en sí y no por la función que cumple. ¿Y bien? ¿No tenía don Miguel más razón que un santo? ¿No nota usted cómo esa lengua intenta depredarlo cada vez que escucha un anuncio o navega en la red, cómo se cuela sibilinamente en el lenguaje coloquial de sus hijos?
En los últimos años podemos observar una universidad que semeja cada vez más a una empresa que se rige por el criterio de rentabilidad más que por el del servicio público. Una extensión de esta tendencia conecta con el prototipo del individuo gestor aludido antes, encarnado ahora en el docente. Cada vez se inventan más “microgestiones”, chiringuitos podríamos llamarlos de forma despectiva, con la excusa de crecer, de tender puentes con las empresas privadas, o con las públicas haciendo de empresa privada. Entonces se da una graciosa paradoja: se busca “mejorar la gestión” y reducir la burocracia de la que siempre nos hemos quejado, aumentándola… Tales “puestecillos”, que germinan por doquier, conllevan complementos económicos amén del patético beneficio narcisista: soy el director del grupo tal, del centro cual, de la unidad pascual. ¿Qué queda de la vocación del estudio y de la preocupación por la docencia, más allá de la “gestión de la competencia”, ésa que conlleva la preocupación por los alumnos, más allá de la ocupación?
FR: Para completar el coloquio una cuestión breve: ¿El sistema democrático de gobierno, tal como lo estamos administrando, cree que es sostenible o la democracia liberal está condenada al fracaso?
FGV: Pueden ocurrir dos cosas. Que el sistema vaya alternando épocas en las que prima la libertad o la igualdad logrando corregir poco a poco el desequilibrio, o que lo que se alterne sean periodos de dictadura y de democracia bajo formas más o menos puras o híbridas, como en la novela de Jünger, Eumeswil. Bien pensado, tal vez no haya mucha diferencia entre las dos alternativas.
La legitimación racional-legal en la que se basan nuestros sistemas sociales actuales podría entrar en una nueva fase en la que la inteligencia artificial sustituyese a los burócratas, y a nosotros como burócratas personales que gestionamos nuestra vida privada y pública. Eso eliminaría mucho ruido e incertidumbre, limitaría la tentación y la energía que conllevan la búsqueda del éxito y del beneficio personal a costa de los demás, lo que propiciaría la transición de la ética económica utilitarista hacia otra más afín a las filosofías orientales, una forma de pensar donde el bienestar del yo depende del bienestar del planeta. Quién sabe si de esa forma no cobraría algo más de protagonismo la cenicienta del eterno film sobre la democracia, la tercera en discordia, la hermana olvidada por la libertad y la igualdad: la fraternidad.
Más información:
www.usal.es


