
Estás despedido
julio 21, 2026 0 Por inQualitasEl estado de rabia perruna, especialmente en estados de gran irritación, puede aplicarse por desgracia a una parte considerable del género humano. No suele prodigarse entre los altos magistrados en democracias de cuño occidental. En los 250 años que lleva la norteamericana no se recuerdan presidentes con signos tan severos de esa degeneración atribuida a los cánidos. En cambio, hace casi un siglo en Europa sí se prodigaron ejemplares de esta especie, aficionados a los gruñidos y dentelladas. El que se proclamó como führer del tercer imperio teutón se considera como un arquetipo difícilmente superable.
Entre el actual presidente de los estados Unidos, de ascendencia alemana, y el cabo austríaco que superó a todos los de su raza (canina) en locura y vesania hay algunas similitudes. Por ejemplo, según le pican las pulgas se salta la ley internacional o agrede sin contemplaciones a países soberanos. Y así estamos, declarando la paz o proclamando la guerra. Apenas nada ha cambiado en el mundo desde entonces. Puesto que son tan evidentes sus manifestaciones y los medios de comunicación ya se prodigan en su comentario, prescindimos de una exposición pormenorizada, que por lo demás poco aportaría a la descripción del problema. Aunque se trata de dos casos de estudio paradigmáticos, a destacar sin duda en la nueva ciencia de la Psiquiatría política que, por desgracia, sigue pendiente de desarrollo en las sesudas mentes académicas dedicadas a las ciencias sociales, humanas y médicas.
Es muy ilustrativo destacar la querencia guerrera de ambos, es decir, su pulsión primitiva hacia los mordiscos que siguen a los ladridos. Uno sin tapujos, el otro entre carretadas de ambigüedades y trampas lingüístico-morales para disimular lo inconfesable, y capaces de provocar la hilaridad en cualquier humano dotado de un mínimo entendimiento. No hay más que preguntarles a los familiares de las víctimas en Gaza. Los siguientes pueden ser de nuevo en cualquier momento los habitantes de Irán, puesto que en una noche el líder estadounidense afirma que puede convertir en cenizas su civilización milenaria. Aquél enviaba a la Luftwaffe de su compinche Göring a “coventrizar” ciudades europeas (neologismo inventado por su propagandista oficial Goebbels cuando se refería a la destrucción completa de la ciudad inglesa de Coventry). Y éste ordena al secretario de Guerra a subir, a modo de improvisado disc-jockey, volumen de su particular cabalgata de las valkirias hasta atrocidades apocalípticas si es preciso.
En la presente ocasión los “gorrones europeos” no parece que vayamos a padecer sobre nuestros lomos las furias de este Averno creado artificialmente en las salas de baile de la Casa Blanca. La democracia trumpiana, que nos acosa por el oeste, acaso reserva la faena a la democracia putiniana que nos embiste por el flanco oriental. Al respecto podríamos hacer algunos ocurrentes paralelismos con la segunda gran masacre mundial. Es de suponer que quedarán reflejados en las películas o videojuegos correspondientes destinados a conmemorar en su momento las ocurrencias de esos personajes. Y hasta puede que alguna sobre un nuevo juicio de Nuremberg. En el caso de comparecer algún día ante la justicia o justicias nacionales o internacionales correspondientes, si es que las hay o puede haberlas.
Para los objetivos de esta revista basta destacar ahora el aspecto de la calidad en el liderazgo de los bandos en liza. Por supuesto a nosotros nos interesa el occidental. Como entonces ocurría con el gran Adolf, el que hoy se proclama como líder principal de Occidente va purgando a cualquier directivo que, con un mínimo de personalidad y competencia, ose llevarle la contraria. Entonces los encargados alemanes de dirigir la segunda fase de aquel negocio guerrero no llegaban a la altura del zapato de los innovadores que dirigieron la primera. Al contrario de su antagonista Stalin que, más astuto y pragmático, una vez superada su afición a las purgas como método de gestión, se tragó su orgullo, aceptó las críticas de sus mejores técnicos en la materia e instituyó un mando unificado en el que primaban los verdaderamente expertos. Con el nazi falló la bomba colocada bajo la mesa de reuniones en la Guarida del Lobo, con éste que ahora se esfuerza en imitarle se dice que, por suerte, en la América que queda al norte del río Grande existe el recurso del impeachment (se supone que para dejar en sólo dos años la legislatura completa que le corresponde). Ya veremos... Lo cierto es que en Europa ni siquiera eso tenemos con los políticos manifiestamente incompetentes.
En los programas de televisión del inicio de su trayectoria como comunicador, el empresario narcisista y ególatra rechazaba a los candidatos a emprendedores con su famosa sentencia final: ¡Estás despedido! En la versión trumpiana de la democracia no parece muy probable que el soberano popular pueda expresarse del mismo modo. Queda, no obstante, a los electores americanos la esperanza de poder disfrutar en el futuro de un presidente o presidenta perteneciente a su círculo familiar más próximo (tanto da el partido por el que se presenten, la degeneración populista en la plutocracia americana lo admite casi todo). Por supuesto, en la versión putiniana en ese gran cajón de sastre que llamamos “democracia” tampoco parece posible. En cuanto a Europa el problema radica, más que en la versión liberal o formal del mismo argumento, en la respuesta a una cuestión previa muy sencilla: ¿Hay alguien ahí?


