El fracaso de las clases medias

El fracaso de las clases medias

enero 28, 2026 Desactivado Por inQualitas

Multitud de trabajadores intelectuales, profesores, científicos, técnicos con cualificación superior, directivos y especialistas en todas las ramas del saber, de la técnica y de la administración conforman hoy el nervio y buena parte del esqueleto y la musculatura de la llamada “clase media”. En las mesocracias de las sociedades avanzadas poseen la mayor capacidad de influencia social y, por tanto, política. Parece entonces legítimo preguntarse por qué las democracias liberales suelen estar tan mal gobernadas.

Legítimo es también plantear una posible respuesta: en tales democracias o mesocracias la ciudadanía, mediante el procedimiento concurrencial de las elecciones libres, entrega de manera periódica la administración de una parte considerable de su bolsa y de su vida a profesionales que ningún empresario mínimamente solvente contrataría para llevar sus negocios. Entonces —más que en el cómo e incluso en el por qué— la cuestión esencial radica en qué clase de personas ejercen el poder político en una democracia formal.

En la curiosa “empresa” que llamamos Estado es asombrosa la dejadez y negligencia que demuestra la masa de accionistas o ciudadanos, incluso los más cultos e independientes, a la hora de elegir a quienes van a ocupar los consejos de administración en las altas instancias. Como consecuencia, toda persona medianamente sensata se pregunta por qué los partidos políticos, que legítimamente organizan el reparto del poder en democracia, no tienen interés en dotar al sistema de un órgano capaz de asegurar la calidad mínima exigible en los gobernantes. Es decir, un Departamento de Calidad, como el que existe en toda gran o mediana empresa solvente. Un órgano libre, soberano e independiente de toda influencia o presión de los partidos políticos, integrado por quienes puedan acreditar las mejores trayectorias directivas y emprendedoras.

La pregunta es en el fondo meramente retórica y todo hijo de vecino por puro sentido común conoce la respuesta. En el país de la picaresca, y en muchos otros de nuestro entorno ibérico, europeo y americano, no les interesa a los integrantes de la “oligarquía interpuesta” y artificial que los partidos encumbran entre la oligarquía económica y la base popular (más o menos “naturales” ambas). Porque viven, precisamente, de esto: de la política o, si ustedes gustan, del cuento político. Y además sus señorías parlamentarias y sus ministros son alérgicos a cualquier tipo de meritocracia puesta al servicio de lo público. Con lo que, más pronto que tarde, acabarán llevando al sepulcro a eso que desde los tiempos de Aristóteles conocemos como democracia.

Si los problemas sociales y económicos, nuevos o endémicos, fueran solucionándose poco habría que objetar al despropósito directivo, gerencial e incluso moral que supone la baja y con frecuencia bajísima calidad de los políticos profesionales en las democracias consolidadas. Pero no es así. Lo cierto es que van empeorando. La ineptocracia en la que desemboca la perversión de la democracia mal gestionada es incapaz de encontrarles soluciones medianamente aceptables (al menos para satisfacer a esa clase o clases medias). Si así fuera, desde el pantano social intermedio, situado entre los que habitan las altas cumbres de la abundancia y las multitudes forzadas a vivir con la cabeza bajo el agua, se difundiría una equitativa distribución de la riqueza.

Cabe entonces sostener, por pura deducción perogrullesca, que predomina por sistema en las mesocracias el poder inoperante de lo “lo mostrenco social”, en expresión del filósofo José Ortega y Gasset. O si se prefiere, expresado de manera más explícita, el poder o influencia determinante de los mediocres. Con lo que todo parece indicar que estamos llegando al final del proceso, observado también en su tiempo por otro filósofo liberal, John Stuart Mill: “La tendencia general de las cosas a través del mundo es a hacer de la mediocridad el poder supremo en los hombres”.

A nadie debe extrañar entonces que los millonarios lunáticos y sus alocados seguidores se pongan a arreglar o a arreglarnos el asunto político. Es previsible que la tendencia se consolide y vaya en aumento, pero no se olvide por favor que los precursores de Trump y compañía son los Biden, Clinton, Obama, etc. y sus imitadores, a uno y a otro lado del Océano. Es decir, el florido ramillete de absolutas mediocridades que las clases medias, de manera sistemática van aupando y manteniendo en el poder.

De esta manera, en poco tiempo, los Altos, en la terminología de George Orwell, recuperarán el poder político que no hace muchos decenios (mediante una hábil retirada estratégica ante la presión social del momento) cedieron a ese virtuoso e ilustrado sector de la sociedad resumido al principio del editorial. De hecho, en el terreno económico-financiero los Altos, año tras año (las estadísticas sobre la acumulación de la riqueza así lo pregonan), van dejando atrás a esta clase media educada, amalgamada con los pequeños propietarios y las cohortes de empleados con una aceptable remuneración. Es una evidencia que “los Medios” (a los que el gran escritor británico ni siquiera cita), y ya no digamos los Bajos, van perdiendo la partida. En el terreno económico y, por extensión, en casi todos los demás. Como anticipaba en su célebre distopía, en referencia a la estratagema comunicativa del “doblepensar” hoy tan en boga, “si los Altos, como los hemos llamado, han de conservar sus puestos de un modo permanente, será imprescindible que el estado mental predominante sea la locura controlada”. Lo que cabe preguntarse hoy es si esa especie de locura colectiva está medianamente controlada…