Descubriendo las trampas de género en la empresa. Las cumbres borrascosas

Descubriendo las trampas de género en la empresa. Las cumbres borrascosas

enero 1, 2012 Desactivado Por inQualitas
Elena Carantoña
Elena Carantoña, licenciada en Ciencias Económicas, y consultora especializada en igualdad y responsabilidad social. Ha trabajado en la Comisión Europea y en el Secretariado Internacional de la OTAN en Bruselas. También ha sido consejera de Hacienda en el gobierno de Asturias, asesora económica del ayuntamiento de Gijón, directora del área económico-financiera y de recursos humanos de Avilés, y ha participado en la creación de mb2, empresa de consultoría y formación especializada en responsabilidad social y diversidad de género.

«Me hacéis rey, pero ¿me hacéis feliz?», le pregunta Poniatowsky a Catalina II de Rusia la víspera de su coronación como rey de Polonia. «No se ama dos veces en el transcurso de una vida del modo que os he amado y ¿qué me  queda  de  ello?». Un  vacío terrible,  se responde  él mismo, que ni siquiera la ambición puede llenar. Catalina le devuelve su carta sin tan siquiera abrirla y el desdichado amante se pliega a los deseos de su insensible amada, aceptando sumiso el destino que ella le impone.

Poner un rey y también quitarlo. Tal era el poder de la zarina. Años más tarde, desmembra por tres veces el reino de su enamorado y, sin inmutarse, le envía exiliado a terminar sus días en Bielorrusia.

El siglo XVIII nos dejó un impresionante despliegue de poder femenino. De Catalina I, viuda de Pedro el Grande, a Catalina II, Grande ella también, cinco zarinas se siguieron en Rusia una tras otra sin apenas interrupciones. Simultáneamente la prolífica María Teresa –dieciséis hijos– reinaba en Austria con mano más rígida que firme. En Francia la Maintenon, la Pompadour, la du Barry, sucesivas favoritas de Luis XIV y Luis XV, gobernaban desde la alcoba. Y en los salones parisinos, donde  los tronos  eran sustituidos  por amables divanes o seductoras chaisse longue, otras mujeres, nobles la mayoría, burguesas algunas, ejercían una concluyente  influencia intelectual, política y social. Un  poder menos vistoso pero muy efectivo y sobremanera rentable.

Las que empuñaron el cetro saben que con él solamente se aseguran las reverencias de los cortesanos. El poder es otra cosa.

De las cinco zarinas solamente la última, Catalina la Grande, lo ejerció verdaderamente. Se ganó la corona mediante un golpe de estado contra su marido, el zar Pedro III, que pretendía repudiarla. Y para mantenerla no dudó en acumular cadáveres, empezando por el de su destronado esposo.

Tras el esfuerzo por conseguir el mando del imperio, Catalina, a diferencia de sus predecesoras, rehusó dejarlo entre las manos de sus favoritos, ni consintió tampoco formalizar un  matrimonio  que pudiera  ponerlo en peligro. Está muy extendida la idea de que se casó en secreto con Potemkine, un militar que la secundó en su asalto al trono y que fue su consejero más cercano. Viendo la frialdad con la que se deshizo del pobre Poniatowsky, no parece descabellado que  utilizara cualquier argucia para  mantener  a Potemkine a su lado sin que ello perjudicara su posición. Si la obligaban a sopesar sus inclinaciones sentimentales y su condición de monarca absoluta, Catalina no dudaba ni un minuto sobre el lado hacia el que inclinar la balanza.

Su sobrenombre, la Grande, se le ajusta a la perfección. Les arrebató a los turcos la península de Crimea y la costa norte del Mar Negro, amplió sus territorios del Báltico y su frontera europea a expensas de Suecia y de Polonia. Convirtió a Rusia en un actor fundamental de la diplomacia y el equilibrio  continentales,  pobló  los territorios  del  Volga, colonizó el sur. Fue una anfitriona fastuosa, se codeó con la élite de la Ilustración, creó la colección real que hoy disfrutamos en el Ermitage. No a todo el mundo le resulta simpática, pero fue una monarca determinada y determinante.
Como María Teresa, quien no necesitó asesinar para llegar al trono, pero sí derramar mucha más sangre que Catalina para ganar, al cabo de ocho años de lucha, la guerra de sucesión contra quienes se lo disputaban. Sus cadáveres no le  dieron  tan  mala  reputación  simplemente  porque  no tenían nombre propio. Durante su reinado no protagonizó espectáculos apabullantes, no era su estilo, pero sí ejerció el poder absoluto sin miramientos, a pesar de verse obligada a ceder y pactar más de lo que le hubiera gustado. Con todo, logró mantener a raya a su hijo el Emperador y conservó sus prerrogativas hasta su muerte.
Ninguna de las dos es una excepción. Al contrario, se cuentan con los dedos de la mano los soberanos que, a lo largo de la historia, no tuvieron que emplearse a fondo para conseguir que los atributos con los que les invisten el día de la coronación sean algo más que meros símbolos. Entonces, como ahora, quien desempeña un cargo puede ser simplemente una figura decorativa, un nombre irrelevante y perfectamente intercambiable que colocar en una placa a la puerta de un despacho.

Poder y jerarquía no son sinónimos porque la amplitud del poder que se ejerce no depende solamente del rango. Las cualidades personales propias de cada individuo, como la autoridad, el carisma, o el respeto y la lealtad que se inspiren  a quienes tienen  que  ejecutar sus decisiones, son mucho más determinantes. Ellas hacen que el líder no siempre sea el capitán del equipo, ni el general del ejército, ni el presidente del gobierno o de la compañía.

Además de liderazgo, el poder exige habilidad para mover los engranajes de la máquina que lo activa, lo anula y lo dosifica. Cuando hablamos de poder político en nuestros sistemas democráticos, la rueda clave del artefacto del poder son los partidos. Un ministro que no tiene carné, ni camarilla, ni puede contar con votos cautivos en los congresos, mandará mucho menos, por más relevante que sea su departamento, que otro que sí disponga del control y la aquiescencia del aparato.

Ese poder no se adquiere de la noche a la mañana por una designación. Se va ganando peldaño a peldaño, trabajosamente, en una trayectoria que determina, desde sus inicios, el resultado.  Lo que  se aprende  a lo largo de  ese camino, la dureza con la que cada cicatriz curte la piel, los fieles –que no leales– que se vayan captando, el valor de los siempre temporales aliados, los enemigos a los que se ha derrotado, los pactos que se han establecido, mantenido y roto. Todo eso es lo que hace a un político poderoso. Por eso el poder, como la libertad, no puede regalarse, ni concederse, ni siquiera compartirse.

¿Tiene entonces sentido reivindicar cuotas de poder para las mujeres? Ninguno. Lo tendría reclamar cuotas de cargos. No hace tantos años que era una prerrogativa y práctica habitual de reyes y obispos conceder a un segundón sin herencia un cargo que le produjera las rentas necesarias para vivir. Era un premio, más o menos merecido, a su familia, un privilegio que llevaba asociada una servidumbre.

En el mundo moderno la distribución de sinecuras no resulta presentable. Por eso la reclamación de un porcentaje fijo de cargos para mujeres se disfraza bajo la bandera de la paridad de sexos en la responsabilidad pública. Pero un escaño desde donde votar disciplinadamente a las órdenes del secretario del grupo parlamentario no tiene el mismo valor, en términos de poder, que el que ocupa ese mismo secretario, o el portavoz, o los presidentes de las comisiones legislativas. Como tampoco son iguales todas las carteras ministeriales, ni las secretarías de estado, ni ningún otro puesto de los llamados «de responsabilidad».

Muchas mujeres que se dedican a la política ven en las cuotas el camino más corto para desplazar a sus correligionarios aferrados al cargo con uñas y dientes. No habría por qué reprocharles el atajo si fueran sinceras. Es muy humano que ante la impotencia de verse constantemente derrotadas, se conformen con que el juego sucio por el que se asciende y se pierde  en  la vida política las favorezca de  vez en cuando.
Sin embargo, gozarían de mayor simpatía si tuvieran el valor de  reconocer que  han  renunciado  a cambiar esas reglas opacas y sesgadas por las que se rige la vida interna de sus partidos, las mismas que provocan tanto sus desdichas individuales como la escasa calidad de nuestras élites gobernantes. Tenían la opción de luchar porque se implantaran la transparencia y la objetividad a la hora de designar a las personas que van a ocupar los cargos públicos, pero han preferido la cómoda oscuridad siempre y cuando se les garantice una porción del premio. No es muy edificante, pero aún peor es que revistan de discriminación lo que es simplemente el producto del mal gobierno de sus partidos.

Se empeñan  en hacer un  problema colectivo de una situación que solamente les afecta a ellas y, por si eso fuera poco, tratan de que todos secundemos la peor de las soluciones: las cuotas. Esa trampa que reviste a las elegidas con un manto de armiño prestado, una corona de papel y un cetro de cartón.

Las cuotas son como el hermoso príncipe que le devuelve el aliento a la Bella Durmiente, condenada a yacer al pincharse el dedo en el huso maldito. Pero esta versión moderna del cuento no tiene un desenlace feliz, si no cruel. Tanto en la historia de los Hermanos Grimm como en la de Perrault, el beso del príncipe rescata de su letargo a la princesa y a toda su corte, que las hadas madrinas habían dormido para que su protegida despertara rodeada de caras amigas. Pero el roce de las cuotas solamente da vida a las escasas elegidas. Las demás seguirán paralizadas a la espera del próximo pase del caballero que les hará el honor de irlas rescatando a su guisa una por una.

No todas las mujeres que defienden las cuotas lo hacen movidas por un  interés personal. Para muchas, son una cuestión de pragmatismo que hay que abordar siguiendo el consejo del refrán popular: «A caballo regalado no le mires el diente». El problema es que no son un regalo. El beso del príncipe no es gratis, tiene un precio, un peaje en la sombra que se va haciendo más y más elevado. Ya lo sabían quienes compusieron la canción infantil:

Al pasar la barca me dijo el barquero
Las niñas bonitas no pagan dinero
Yo no soy bonita ni lo quiero ser
Tenga usted el dinero y páseme usted.

Las cuotas son el favor de las niñas bonitas. Tener derecho por nacimiento a un boleto gratuito es despreciar la voluntad, la perspicacia, la honestidad, el valor, la inteligencia… esas cualidades que permiten ganar el dinero para comprárselo. Apostar por ellas, en cambio, abre espacios de libertad donde no caben servidumbres.

Confinarse en el «género» como herencia social para justificar la discriminación, aunque se le ponga detrás la palabra «positiva», deja al individuo a merced de un testamento que no ha sido objetivado por un notario. Su texto va cambiando con las modas y la propaganda política. Hace cien años excluía a las mujeres de determinados espacios sociales. Ahora, bajo el espejismo de abrírselos, está simplemente premiando a las que se cuelan por una tronera, dejando cerrada la puerta para todas las demás.

En apariencia esta es una trampa fácilmente sorteable. Nada te obliga a aceptar un nombramiento. Sin embargo, en la vida cotidiana, no siempre es fácil distinguir si estás recibiendo un ascenso merecido o un regalo envenenado, sobre todo ahora que el miedo a infringir las normas de la corrección política se ha extendido como la espuma. Ni las empresas están por completo a salvo de la fiebre de la paridad forzosa.

Por un cúmulo de circunstancias, Carolina está a punto de  comprobar  en  primera  persona  lo desagradable que resulta que tu sexo se convierta de la noche a la mañana en el elemento determinante de tu vida profesional.

El amigo americano

El fin de año se presenta para Mercory de todo menos tranquilo.  La pasada primavera han iniciado un  plan de expansión en el extranjero, principalmente Latinoamérica. El proyecto aprobado por el consejo de administración, en el que se sientan Clemente, el director financiero, Miguel, como presidente ejecutivo, y dos representantes del fondo de capital riesgo que posee el 49% de las acciones, es avanzar paulatinamente a través de acuerdos con socios locales, bien implantados pero de pequeño tamaño, susceptibles de aceptar, llegado el caso, una oferta de venta o de integración en las sociedades que se vayan creando en cada país. Las cosas se van desarrollando bien en Chile, Colombia y Méjico, están facturando a buen ritmo y ya planean lanzarse en Brasil.

En septiembre, sin embargo, la situación da un giro inesperado: el fondo es absorbido por una entidad de mayor tamaño, norteamericana, con una política muy agresiva. Ya en la primera reunión,  prevista como una toma de contacto, pusieron sobre la mesa su voluntad de hacer una ampliación del capital de Mercory para financiar el crecimiento en toda América del Sur y de reconsiderar la estrategia, primando las compras de firmas locales o la creación de compañías propias.

Miguel es consciente de que si no acepta el envite, se retirarán de la compañía y Mercory volverá a encontrarse como diez años atrás: una pequeña empresa local con problemas continuos de tesorería y una muy limitada capacidad de crecimiento. Decide tomar el toro por los cuernos y negociar a fondo su posición y la de su equipo, con el objetivo de conservar el control.

En dos meses llegan a un acuerdo. Miguel será el vicepresidente ejecutivo y mantendrá la dirección del negocio. Un americano será presidente y habrá otros cuatro consejeros, dos de cada parte. Sólo queda ponerles nombre. Miguel acepta sin reservas que sus socios designen a un reputado auditor de origen español y a un socio del bufete que les asesora en sus inversiones españolas. Por su parte, no ha dudado en proponer a Valentín, el director comercial, que en este nuevo contexto le parece imprescindible, y mantener a Clemente.

Pero, para su sorpresa, los americanos lo rechazan. Le dicen que es imposible, que necesariamente tiene que nombrar a una mujer.

Por más que Miguel defiende las candidaturas de sus directores, se muestran inflexibles. Le aseguran que la presencia de una mujer en el máximo órgano de Mercory es una condición previa para la aprobación de toda la operación. Intentó, en vano, que sean ellos quienes sustituyan a uno de sus consejeros. La solución no les sirve: la mujer tiene que proceder de la estructura de Mercory.

El tiempo se le echa encima. No es el momento de buscar otro grupo inversor alternativo. El riesgo de que los americanos se enteren y abandonen el barco es demasiado grande y, además, no ve alternativas aceptables. No tiene más remedio que dar su brazo a torcer y aceptar lo que le imponen.

Carolina es la única opción posible. Miguel confía en ella y sabe que tiene por delante una carrera brillante. Ha madurado muy rápidamente en sus nuevas responsabilidades, sigue respondiendo  con toda fiabilidad y no ha perdido nada  de  su  entusiasmo,  su  frescura y su  capacidad  de aprendizaje. Pero todavía es muy joven, le falta experiencia y eso se nota sobre todo en cierta ingenuidad, peligrosa en un consejo de administración como el que ahora van a formar.  Además su  nombramiento  le obliga a renunciar  a Valentín o a Clemente, y los dos le parecen igualmente necesarios.

A Miguel no le gusta rendirse sin jugar todas sus cartas, así que en la siguiente reunión con los nuevos socios pone sobre la mesa el nombre de Carolina, con sus pros y sus contras. Hábilmente, explica en detalle la trayectoria de Carolina en Mercory, dando una visión muy positiva –la que realmente tiene, por otra parte– de sus cualidades, su carácter y su capacidad de trabajo. Destacó la confianza que tiene en ella y su buena sintonía personal. Les expuso cómo, hace algo más de dos años, supo encarar su carrera haciendo una propuesta a largo plazo y adaptando sus expectativas a la evolución de la compañía. Se puede decir, afirmó, que ha crecido con el proyecto. Precisamente por eso, concluyó, se siente en condiciones de afirmar que aún necesita forjarse en las responsabilidades ejecutivas antes de entrar a formar parte del consejo.

Para su desesperación, sus argumentos producen en sus interlocutores el efecto contrario al que pretendía. Se muestran entusiasmados con el perfil de Carolina que, en su opinión, cumple todos los requisitos para desempeñar su nueva función y tiene las características adecuadas para sobrevivir con éxito a una inmersión repentina.

Ante su determinación, Miguel comprende que solamente le queda una opción: que Carolina no  acepte el puesto.

Por honestidad y por inteligencia sabe que no puede inducirla a que lo rechace disfrazando la oferta con tintes negativos. Terminaría descubriendo el engaño y además, a él le gusta ganar, pero en buena lid. Lo que le preocupa es cómo plantearle la situación de una manera adecuada. Cómo lo haga va a influir en su respuesta, seguro, pero lo más importante es que también afectará al desarrollo posterior del trabajo, si es que decide aceptarlo.

Le da vueltas durante toda la tarde sin encontrar ni el discurso ni la forma que le convenzan. Como suele hacer cuando se bloquea ante algo que no desea ejecutar pero que le resulta imposible evitar, se va a su casa, hace unos kilómetros en la bicicleta, suda copiosamente con las pesas, se da una ducha alternando el agua helada con la caliente y, tonificado, se viste cómodamente, pone un disco de jazz, se prepara un Bloody Mary más picante que cargado y lo bebe pausadamente, tarareando Blue Moon mientras hojea anárquicamente los libros y las revistas que esperan en la mesa del salón a que les dedique algo de tiempo.

Toma al azar la biografía de Vera Atkins, la responsable de las agentes británicas enviadas como espías a territorio ocupado por los alemanes durante la segunda guerra mundial. Le quedan unas pocas páginas para terminarla y al retomar distraídamente  la lectura donde  la había dejado, recordó que, tras la guerra, decidida a encontrar  pistas sobre las agentes desaparecidas, Vera invitaba a sus posibles informadores al restaurante del hotel Claridge, en Londres. El precio superaba con mucho su nivel habitual de gastos, pero había comprobado que el exquisito entorno y el exclusivo público eran una gran ayuda para conseguir sus propósitos. Se dijo que, en su caso, careciendo de propósitos claros, quizás lo mejor sería citar a Carolina en la oficina a última hora, cuando ya todos, incluida Petra, se hubieran ido.

Al día siguiente la llamó directamente para preguntarle si podrían verse hacia las siete de la tarde. Ella le respondió que sí y, puntual  como siempre, asoma la cabeza por su puerta abierta:

—¿Puedo pasar?

—Desde luego  Carolina  –responde  Miguel levantándose–. Perdona que te haya citado tan tarde, pero necesito que hablemos tranquilamente sin interrupciones. ¿Te apetece tomar algo? –le pregunta acompañándola hasta el sofá e indicándole con la mano que tome asiento.

—No gracias, está bien así –le dice ella sentándose y poniendo su bloc y la pluma sobre la mesa.

Miguel se sienta a su vez en el sillón contiguo a la esquina del canapé que ha ocupado Carolina y, sin más preámbulos, la pone  en antecedentes de los cambios en el accionariado de la compañía y de las perspectivas de negocio con las que han llegado los nuevos socios, haciendo énfasis en las oportunidades que se abren y mencionando con cierta insistencia la adaptación que todos necesitarán para  compenetrarse  con  los recién llegados. Carolina le escucha atenta sin interrumpirle.  En un  momento  dado saca un paquete de caramelos de su bolsillo y se mete uno en la boca.

—¿Te apetece un cigarrillo? –le pregunta Miguel al rato, viendo que ella saca otro caramelo.

—No, no, muchas gracias.

Miguel detiene el brazo que ya dirigía hacia el cajón que está a su lado, donde guarda la cajetilla, y la mira sorprendido. No es habitual en ella rechazar la oportunidad  de fumar, y menos a esas horas. Algo ansioso por avanzar en la conversación, se abstiene de preguntarle si se ha apuntado al programa que Mercory ofrece a los fumadores que desean dejarlo y le pregunta directamente:

—¿Qué te parecen las novedades?

—Inesperadas, la verdad –contesta ella prudente,  preguntándose en su fuero interno por qué le está contando todo eso a solas en lugar de hablarlo en el comité de dirección al que ella pertenece desde hace unos meses.

Como si le hubiera leído el pensamiento, Miguel le confiesa:

—Solamente Clemente y Valentín han estado en la negociación, que hemos procurado llevar con la máxima discreción y me alegra ver que lo hemos conseguido. Nos pareció preferible no sembrar inquietud en la organización antes de tener algo concreto que presentarse detiene esperando una reacción por parte de Carolina. Le habría extrañado que se sintiera ofendida por  no haber estado involucrada, pero prefiere pisar terreno firme antes de avanzar.

—Si quieres saber mi opinión, habéis hecho muy bien –le tranquiliza ella–. La gente empieza a estar preocupada porque las ventas se están resintiendo de la crisis y saber todo esto no habría hecho más que perturbarles todavía más.

Se queda mirándole esperando que le aclarare por qué la ha convocado. De repente cae en la cuenta de que hay que comunicar internamente el acuerdo ahora que ya es definitivo. En los últimos meses se ha encargado de poner en marcha la intranet y sus contenidos, así que da por hecho que el objetivo de la reunión es fijar los criterios para transmitir la nueva situación.

Por eso va pasando de la sorpresa al desconcierto cuando Miguel, pausadamente pero sin interrumpirse, le cuenta los cambios en el consejo y le dice que su nombre está sobre la mesa para entrar a formar parte de él. Es muy claro al presentarle la exigencia de los americanos y sus propias reticencias, sin callarse que le parece prematuro promocionarla a la alta dirección ni su preocupación por tener que dejar fuera a Valentín o a Clemente. No escatima elogios hacia ella y su evolución profesional en estos dos años ni le oculta sus reparos ante los posibles efectos de esta repentina interrupción en una dinámica de aprendizaje y maduración que está siendo tan positiva, para ella y para Mercory.

Carolina le mira fijamente, aturdida. Cuando él termina de hablar, tarda unos largos minutos en reaccionar.

—Miguel –susurra al fin– estoy embarazada.

Ahora es él quien pone una cara de incomprensión como si escuchara esa palabra por primera vez en su vida. La mira largamente y poco a poco empieza a reírse sonoramente. Carolina se sobresalta.

—Perdona –se excusa él sobreponiéndose–. Es que de repente me vi como Zapatero el día que le ofreció el Ministerio de Defensa a Carmen Chacón. Lo siento, perdóname, de verdad, fue una tontería.

Carolina sonríe discretamente sin decir palabra. Miguel, mordiéndose los labios y maldiciendo contra sí mismo, se levanta a buscar dos botellas de agua y dos vasos para ganar tiempo. No puede dejar de preguntarse cómo va a influir el nuevo estado de Carolina en su decisión. Por cómo le ha anunciado que va a ser madre, está claro que para ella es algo muy importante, tanto que es probable que la lleve a rechazar la oferta. Respira hondo, elimina de su mente cualquier especulación que le lleve a correr el riesgo de delatar el aspecto más mezquino de sus pensamientos, recupera la serenidad y regresa al despacho.

Pone ante Carolina una botella y un vaso y se sirve de la suya. Antes de beber la felicita cariñosamente y le pregunta qué tal se encuentra.

—Bien, muy bien –responde ella suavemente–. Lo del tabaco es lo más difícil, pero por lo demás estoy como siempre. Pensaba decírtelo pronto –se disculpa–. Solamente estaba esperando a cumplir las dieciséis semanas, que es cuando parece que la cosa está afianzada porque como es el primero, ya sabes…

Miguel no  tiene  ni  idea,  pero  asiente  comprensivo. Beben sendos sorbos de agua en silencio, los dos indecisos ante cómo continuar, aunque por razones totalmente diferentes. Es Miguel quien habla en primer lugar.

—Ya es tarde –dice mirando el reloj–. No pensaba pedirte una respuesta ahora mismo pero sí que necesitaría saber algo cuanto antes, no más allá de mañana por la tarde. No sé si en tu nueva situación te parece muy precipitado…

Carolina tiene un gesto reconcentrado poco habitual en ella y, más extraño aún, es ella quien se levanta y le tiende la mano a Miguel para despedirse:

—En absoluto, pierde cuidado –dice con un tono que a él le parece inusualmente seco–. Mañana a esta hora te daré mi respuesta.

Miguel se había levantado al hacerlo ella. Le estrecha la mano con una ligera sonrisa y la felicita de nuevo algo intimidado. La sigue con la mirada mientras se aleja por el pasillo, preguntándose inquieto si la habrá molestado. Se encoge de hombros y se dice que la suerte está echada. Le hubiera  gustado  ser Humphrey  Bogart en  Casablanca  y tener la mesa trucada para que la ruleta se detenga en el número que él le señale al croupier, pero en esta ronda él no es más que un jugador al que no le queda otra que confiar en su buena estrella.

 

A mi manera

Carolina baja en el ascensor con una gran confusión en su cabeza y un sentimiento de intenso cabreo. Decide dar un paseo aprovechando que la tarde no es muy fría, a ver si caminando y distrayéndose con los escaparates consigue aclararse las ideas y desahogar su enfado.

Al detenerse en el primer semáforo un niño que va de la mano de su padre se la queda mirando fijamente moviendo los labios en sordina. Al sonreírle se da cuenta de que la está imitando porque ella va hablando sola, lanzándose imprecaciones en voz baja: «No aprenderás nunca,  eres boba, boba de remate, la más boba de todas las bobas». No puede evitar reírse. El niño se ríe también y el padre, tímido, les secunda mirando hacia otro lado. Cuando la luz les da paso le dice adiós con la mano y sigue caminando, ya con una sonrisa y sintiéndose más relajada.

Empieza a pensar con calma, esforzándose por distinguir y separar el cúmulo de cosas que bullen en su cabeza. Se conoce lo suficiente para saber que sólo recuperará la lucidez cuando se libre de su rabia. Lo que la provoca es que Miguel va a pensar que se ha molestado con él, cuando no es el caso. Es con ella misma. Una vez más se ha dejado llevar por lo primero que le vino a la mente en lugar de mantenerse fría.

Desde que supo de su embarazo se hizo el propósito de no convertirlo en el centro de atención, de disfrutarlo al máximo y de no renunciar a nada que no fuera estrictamente imprescindible. Y resulta que a la primera de cambio lo coloca en el centro de la conversación profesional más importante que ha tenido hasta ahora, dando a entender que es el factor determinante de sus decisiones y de su trabajo en el futuro inmediato.

La voz interior vuelve a repetir la cantinela: «boba, que eres boba», pero la calla sin miramientos. Al fin y al cabo, si ha habido un mal entendido siempre puede enmendarse y si quiere tener las cosas claras antes de llegar a casa lo que debe hacer es centrarse en lo realmente importante: la oferta que acaba de recibir.

Es evidente que Miguel se la ha hecho obligado y que preferiría poder  contar con Valentín y Clemente. Si ella estuviera en su lugar le pasaría lo mismo. Pero no lo está, se dice tajante enderezando la espalda y alzando la barbilla. Ha aprendido bien la lección y no se pondrá en otro lugar que no sea el suyo propio. Y la idea de que tome la forma de un sillón en el consejo de Mercory le gusta y mucho.

Le falta experiencia, es cierto, pero también le faltaba a Miguel cuando, prácticamente recién graduado, se lanzó a montar Mercory arriesgando toda la herencia que le legó su tía, el único dinero que podía esperar recibir en su vida. Claro que entonces dependía únicamente de sí mismo y ahora, en cambio, le obligan a asumir un riesgo por persona interpuesta, ella, renunciando a sus mejores cartas.

Es más que probable que tanto Valentín como Clemente también lo vean así. Menos mal que los dos han estado en la negociación y sabrán que Miguel está atado de pies y manos. Confía en que se muestren tan cooperativos y hábiles como de costumbre. En el tiempo que llevan trabajando juntos nunca ha visto a ninguno de ellos generar problemas innecesarios, al contrario.  Más complicado va a ser que otros acepten la novedad con la misma generosidad y ganas de colaborar. Pedro, por ejemplo, o el propio Sebas, tan convencido de su valía. Ahí sí que puede surgir un conflicto. Y más aún si ella no está a la altura.

Comprende que para Miguel la perspectiva es poco estimulante. Tiene que mover el banquillo para meter a un canterano  bisoño  desplazando  a  uno  de  los capitanes que levantó la copa de la Champions. Un papelón, se dice. Pero esta vez Carolina no quiere sucumbir a las dudas, así que en seguida se busca argumentos para matizar la gravedad del asunto: «Tampoco es para tanto», afirma para sus adentros como si estuviera convenciendo a un interlocutor escéptico.

«Miguel no debe sacar las cosas de quicio. Simplemente tendrá que hacer un esfuerzo adicional y seguir las cosas con más atención». ¿No es mentor?, se pregunta con una sonrisa maligna. Pues que se le note.

Se sintió como el Capitán Haddock ante su botella de ron, sometido al fuego cruzado del ángel abstemio y el tentador demonio borrachín. Ella, se reprocha con aire infantil, no escuchará al diablo. Miguel es su aliado y quiere que siga siéndolo. Le aprecia demasiado para dudar de él. Está segura de que aceptará rápidamente la situación y se irá sintiendo más cómodo a medida que ella le vaya demostrando que es capaz de desempeñar su papel.

¿Lo es? El corazón le da un ligero vuelco y automáticamente  se  acaricia la  todavía pequeña  pero  ya redonda barriga. Si todo sigue yendo tan bien como hasta ahora, ni el embarazo ni el niño tienen por qué ser un obstáculo. Simplemente tendrá  que cambiar sus planes, incluida la posibilidad de pedir un permiso extra tras la baja de maternidad como había pensado.

Chasqueó la lengua. «¡Qué momento tan inoportuno!», piensa, mirando fijamente unos zapatos absurdos con un tacón desproporcionado y un color estridente que ocupan el centro de su zapatería favorita. Sacude la cabeza. «Tengo que huir de ese tipo de pensamientos. Enfocándolo así, ningún momento me va a parecer adecuado hasta dentro de quince o veinte años si queremos que Bárbara tenga dos hermanitos». Lo que toca, se reprende con énfasis, es reciclar a toda velocidad y empezar a buscar una persona que pueda trabajar como interna en casa y ocuparse de la niña. Será un incordio acostumbrarse, pero a la larga lo conseguirán y no hay mejor solución.

Intenta imaginarse sentada en el consejo. Solamente le viene a la cabeza Richard Gere haciendo de despiadado tiburón en Pretty Woman. Se ríe de sí misma y encauza su imaginación hacia las reuniones que ahora tienen en Mercory. No le preocupa comprender los temas, porque sabe que eso se consigue con esfuerzo, preparando  a fondo el orden del día y preguntando  antes hasta estar segura de tener claro lo que se va a decidir. Sin embargo, entender el trasfondo de los debates o ser capaz de contenerse y reflexionar antes de hablar no va a ser nada fácil. Eso es una pátina que solamente se adquiere con la experiencia. Pero, con todo y con eso, quiere el puesto y no duda de que podrá con él.

Y eso que le toca por ser mujer. Una vez más le vienen a la mente las reflexiones de Eduardo sobre la conciliación, la visión de Miguel sobre el riesgo de poner el sexo de las personas por encima del resto de sus características, las opiniones, totalmente opuestas, de Teresa y de la asociación de mujeres por el liderazgo, su propia experiencia con Julia…

¿Es ella un ejemplo de que las mujeres no ascienden si no hay una obligación de que se la nombre? No, se contesta. En su caso habría llegado, a su tiempo, dentro de cuatro o cinco años, cuando  ella hubiera  sentido que era el momento.

Ahora que las cosas se han precipitado, se da cuenta de que ese puesto es para el que se ha estado preparando desde que se hizo cargo del programa de calidad. Poco a poco ha ido configurando un espacio de trabajo que cubre además la reputación, la comunicación, la responsabilidad social. Todo lo que forma la cultura de la empresa es asunto suyo y ella es la única responsable. Un área transversal, como ella quería en  un  principio,  que  impregna  cada uno  de  los ámbitos de acción de Mercory sin confinarla en una especialización.  A medida que se expanden, todo esto, que parecía secundario, se ha convertido en un elemento central del negocio. En unos años habría sido lógico y necesario que participara en la alta dirección.

La obcecación de los americanos no es más que uno de esos imponderables con los que hay que bregar. Aunque Sebas o Pedro puedan pensar que la están beneficiando, ella no lo ve así. Al contrario, le hacen un flaco favor trastocándole los tiempos y obligándola a dar el paso en un entorno de tensión. Porque no darlo, y más embarazada, sería una especie de rendición. Tirar la toalla a riesgo de no poder volver a recogerla.

Se detiene ante el escaparate de una tienda de ropa para niños y mujeres embarazadas. Un gran anuncio de reconstituyente destaca entre todo lo demás. Lo mira fijamente para retener el nombre. Se lo comentará a su ginecólogo. Va a necesitar mucha energía. En su fuero interno, maldice a los americanos. A causa de sus prejuicios va a tener que luchar por librarse a marchas forzadas del estigma de mujer florero. Para eso, no solamente tendrá que hacer muchos esfuerzos innecesarios, sino vivir bajo la tensión de estar siendo escrutada en sus más mínimos movimientos. «Así que», se dice con fastidio, «tendré que hacer todo lo que esté en mi mano para demostrar que no están equivocados, cuando  en  realidad  preferiría que  lo estuviesen porque están forzando una decisión que no es la mejor posible. Si en vez de empeñarse en que sea yo la elegida por haber nacido mujer se hubieran obcecado en nombrar a Sebas porque es de Cuenca, yo misma estaría contestando la decisión».

«Bueno», se consuela encogiéndose de hombros mientras retoma la marcha, «las cosas son como son y yo no puedo cambiar el mundo de la noche a la mañana. Hubiera preferido tener la libertad de organizar mi vida profesional a mi manera, pero está claro que los humanos estamos muy lejos de regirnos por las mejores reglas. Me toca encajar los inconvenientes y tirar hacia adelante. Incluso si todo sale mal, habré ganado mucho y perdido muy poco, si es que tengo algo que perder. Merece la pena», se animó a sí misma.

«Espero que cuando Bárbara tenga mi edad esto de fijarse en el sexo de la gente que está en un sitio o en otro se haya convertido en algo antiguo y totalmente fuera de lugar». Frunció el ceño para juramentarse que ella no caerá en la trampa de aceptar que este camino que le han marcado es el correcto. Es más, se dijo, cada vez que se presente la ocasión seré la primera en explicar cómo tras la apariencia de favorecer a un grupo se está en realidad coaccionando a la persona.

Mira la hora en una marquesina de autobús. Se ha hecho tarde. Acelera el paso para llegar a la confitería antes de que cierren. Comprará una de esas deliciosas tartas de chocolate para celebrarlo. Se imagina divertida la cara de sorpresa de Eduardo cuando le de la noticia, pero está convencida de que, tras el susto, la felicitará con entusiasmo y se sentirá muy orgulloso. Después de comerse la tarta ya negociarán cómo encarar esta revolución.

Mañana le tocará hacerlo con Miguel, pero lo primero es lo primero.

Ya no le queda ni rastro de su enfado. Al contrario, se encuentra insoportablemente poderosa y feliz. Más o menos como debía sentirse Geena Davis en el puente del Estrella de la mañana sintiendo el viento en su cara cuando navega a todo trapo a la búsqueda de la isla de las cabezas cortadas. Está deseando que todo pase para poder contárselo a Petra, aunque con ella se callará el símil cinematográfico porque es bien capaz de sustituírselo por el de Caroline Ingalls al pescante de la carreta llegando con provisiones a la casa de la pradera.

Lo que sí es probable que le confiese es que realmente tiene razón cuando asegura que la vida, si la dejamos, nos trata siempre mejor de lo que a primera vista nos parece.

Extracto de la obra Sin plumero ni mandil. Descubre las trampas de género en la empresa. Editorial ESIC, 2010