Las nuevas muchedumbres solitarias

Las nuevas muchedumbres solitarias

julio 20, 2026 Desactivado Por Frances Ribera Raichs
Francesc Ribera Raichs es escritor y editor especializado en información empresarial y en la publicación de obras dedicadas al fomento de la calidad, la excelencia y la innovación. Acaba de publicar en 2025 el libro El control de calidad del poder político. Cómo el gobierno mediocre destruye la democracia; continuación de la obra, de 2019, ¿Es posible garantizar la calidad en los profesionales de la política? en la que desarrollaba la serie de ocho artículos “Calidad y Partidos Políticos” publicados, entre enero y septiembre de 2015, en esta revista digital.

A mediados del siglo pasado David Riesman y sus colaboradores publicaron La muchedumbre solitaria. Un estudio sobre la transformación del carácter americano, considerada como un clásico de la psicología social. A instancias del poder judicial estadounidense, aportaron entonces observaciones plenamente vigentes en nuestra época, en la que internet se consolida como vector social determinante entre la mayoría de la población. A diferencia de épocas anteriores, fijaron la caracterología del ciudadano medio en la categoría del hombre “orientado hacia los demás”. Es decir, el que se rige mediante una dirección por sus pares y no por la tradición basada en valores morales, culturales, religiosos o intelectuales. En nuestro tiempo, asumido alegremente el nuevo espíritu de colmena al que le abocan las redes sociales, el hombre medio manifiesta formas de expresión que refuerzan más si cabe su carácter gregario. Por desgracia, también puede considerarse hoy como un factor determinante en la desconsolidación de la democracia.

La “mediocracia” domina como criterio supremo, y a su vera triunfa una especie de “otiocracia”, o poder de los ociosos, ejercida por una masa considerable de “pequeños nerones”, que no tienen apenas nada que hacer en el diario acontecer de su existencia. Para explicar esta nueva manifestación popular podría introducirse en el análisis psico-social un “complejo de Nerón” o de “pequeño emperador”. El ciudadano medio, como un niño mimado, se limita simplemente a levantar el dedo hacia arriba o a dirigirlo hacia abajo para premiar o castigar a su antojo no se sabe qué, sin tener las más de las veces siquiera una mínima idea de lo que se está debatiendo. La evolución de las sociedades avanzadas, unida al progreso de internet y los variados dispositivos digitales que permiten un considerable acopio de informaciones, ha propiciado el desarrollo de una particular forma degenerada de la práctica democrática que podría denominarse otiocracia o el poder de los ociosos. Me atrevo de esta manera a participar en el juego lingüístico de nuestra época tan prolífica en la invención o clasificación de nuevas formas de “cracia”. En este caso me estoy refiriendo también, obviamente, al poder del número o de la masa. Puede practicarse sin levantar el trasero del sofá y suele apreciarse su alcance mediante los “me gusta” que, como diablillos directores, somos capaces de levantar en la gran colmena mundial o en los nidos más próximos de las redes sociales.

En política se está ensanchando alegremente el poder de los ociosos en nuestra sociedad tutelada por el capitalismo de la vigilancia. En las elecciones al Parlamento europeo de 2024 incluso algunos indocumentados, de manera tan jovial, consiguieron escaños bien remunerados. No parece tener un buen pronóstico este nuevo achaque en la dolencia general de la democracia. Es fácil comprobar como los jóvenes se enganchan con suma facilidad al discurso filofascista que difunden multitud de descerebrados a través de todo tipo de plataformas digitales. El dominio del discurso político entre esta masa con escasa formación y poco sentido de la responsabilidad cívica ya está concretándose en el aumento de votos para las posiciones populistas y radicales de la ultraderecha. Se está evidenciando en Europa y se ha comprobado en la reelección de Donald Trump. De aquí se deriva la necesidad de escarbar en el fondo de esta perversión individual y social que la tecnología de manera tan directa contribuye a aflorar a la superficie.

Motivos hay para pensar que en las mesocracias occidentales una gran parte de la ciudadanía padece este síndrome del pequeño emperador. El ciudadano medio ha sido endiosado, tanto en el mercado puro y duro de los comerciantes (“el cliente siempre tiene razón”) como en el mercado de las ideas y las alternativas políticas. En suma, el votante es el amo y señor de la democracia y en consecuencia hay que postrarse también ante el nuevo soberano absoluto. Y así se ha convertido en una especie de niño mimado al que se adula sin pudor. Semejante a aquella política china del hijo único, se ha estado propiciando una generación de niños consentidos, puesto que como es bien sabido todos los hijos únicos sufren en mayor o menor grado esa enfermedad benigna.

En su infancia no constituyen un problema grave para el sistema, el problemón mayúsculo aparece cuando los cariñosos retoños empeoran en su inocente dolencia a la vez que van creciendo, al menos físicamente. En las escuelas, copiadas del modelo de la fábrica; en las calles, en las que la simple urbanidad está en franca decadencia; ante los medios electrónicos de comunicación y entretenimiento con la inteligencia adormecida y el subconsciente desbocado; y en otros ámbitos en los que el ser humano puede ser entendido como ciudadano o sujeto activo de la “civitas” o la ciudad, el estado y, en suma, la civilización de la que forma parte. De ello se sigue que, aun con el cariño y el cuidado de sus devotos progenitores, la mayoría de ciudadanos y ciudadanas en proyecto suelen ir por la vida prácticamente dejados de la mano de Dios…

Más tarde o más temprano, aparece en la masa de individuos (votantes o abstinentes, tanto da) éste que propongo denominar “complejo de Nerón”. Me temo que en buena parte de las sociedades “avanzadas” esto es lo que tenemos y en gran cantidad. Se da en amplias capas de la población, aunque con mayor profusión entre la clase media de los países desarrollados. Muchos se han convertido en pequeños nerones que pretenden utilizar los bienes de la comunidad a su antojo y sólo su interés particular constituye para ellos el supremo criterio de justicia distributiva. Hay que respetarles la querencia desbocada hacia su interés individual (¡faltaría más!, en eso se basa precisamente la economía capitalista y se diría que cualquier visión realista del proceso económico), pero encima parece que es obligado reírles las gracias. Aunque compongan ripios o emitan graznidos mientras rasguñan las cuerdas del arpa o de la guitarra eléctrica, preciso es regalarles los oídos con el aplauso y la promesa de que todo lo que pidan lo tendrán, incluso la inmortalidad literaria y artística que, como se va viendo, pasa o habrá de pasar también del individuo verdaderamente capaz al de la masa, más o menos atiborrada de informaciones variadas. Bien proveída hoy de todas las posibilidades de la IA generativa, es pavoroso el daño que esta masa ignorante puede causar al mundo del conocimiento. El desconcierto que ellos y sus seguidores pueden provocar superará al de los influencers digitales más descocados que pueda imaginarse.

Esta otiocracia suele instaurarse en una sociedad de desocupados, en la que en amplias capas de la población se cronifica el paro laboral como opción de vida más probable. Después de periodos de formación o de simple entrenamiento en diversas habilidades técnicas o prácticas, cada vez menos regladas y con menor nivel de exigencia, gran parte de la clase media va entrando en el grupo social del precariado en creciente aumento. En este nuevo estrato social, más o menos incómodo para los interesados, el tiempo es precisamente lo que les sobra. Para divagar, entusiasmarse de vez en cuando o simplemente para no hacer nada. De manera primordial, su forma de influencia se ejerce en un marco “telecrático”, a través de internet y todos los medios complementarios de difusión electrónica de la información. De modo que, a partir de superficiales debates en televisión o de toda clase de ocurrencias en la Red, improvisados nuevos líderes de opinión pueden incluso influir en amplias audiencias.

Supongo que es una tendencia innata en el individuo contemplarse el ombligo, pero, a medida que avanza la civilización tecnológica, con su promesa de una mayor autonomía e independencia personal, el solipsismo va invadiendo la mayor parte de las conciencias, así como también una parte considerable de lo que las mentes realmente creativas son capaces de producir. Esta ideología “yoísta”, en imparable ascenso, no es la del individualismo del que piensa por sí mismo, sino una nueva forma de colectivismo que se inculca a la parte más joven de la población desde la colmena digital o gran telaraña a la que está enganchada. La “yoidad” exacerbada del pequeño déspota contemporáneo encaja perfectamente en las colmenas fofas y sin sustancia que van surgiendo por doquier en el universo cibernético. Se diría que un nuevo espécimen en la caracterología psico-social prevalente en los países desarrollados emerge de entre las muchedumbres solitarias transmutadas ahora “en multitudes inteligentes”: el del individuo radicalmente incapaz de evaluar su posición y su función correctas en el gobierno de la comunidad.

A ello contribuye la constante avalancha de una información indigerible e inasimilable, que segundo a segundo le van proporcionando toda suerte de pantallitas luminosas controladas por simpáticos amiguetes, una especie de duendecillos que van incrustando en su fuero interno un sentimiento de liberación, entre una masa descomunal de “amigos” (intercomunicados, en apariencia, sin interferencias externas). El “me gusta” de las colmenas sociales, por ejemplo, ayuda y mucho a llenar el espacio que antes ocupaban las consuetudinarias normas morales, que ahora quedan reducidas a meras formas vaciadas de todo contenido ético sustancial. Ello provoca una pérdida generalizada de humanidad entre la gente, un egoísmo exacerbado que se retroalimenta mediante el endiosamiento de la tecnología, al alcance de cualquiera, como suplantadora de las antiguas creencias.

Tan poderoso es el alud de informaciones y de variados entretenimientos digitales —que sumerge tanto a boomers, millennials, zetas o centennials, alfas, etc.— que en las dos primeras décadas del siglo ha generado una verdadera “economía de la atención”. La atención humana es un bien escaso y biológicamente determinado, por muy activos que seamos como consumidores las veinticuatro horas del día. En el entorno empresarial y político se va imponiendo el nuevo paradigma y por este motivo las marcas van detrás de los bloggers, videobloggers, streamers, tiktokers, instagramers, etc. capaces de captar la atención de la gente. Si no captas su atención, cada vez más dispersa, es que no existes. Superada entonces la época del Pueblo electrónico, sometido, a canales unidireccionales de influencia, los llamados “creadores de contenidos” van predominando en el nuevo entorno del Pueblo digital, ahora hiper fragmentado mediante una información y entretenimiento bajo demanda. Entre los más jóvenes, pero también en los segmentos de población adulta, domina el conocido FOMO (Fear Of Missing Out) o “miedo a perderse algo”. Hay incluso quien predice que, en pocos años, en las escuelas, antes de aprender la caligrafía a los niños se les animará a crear y difundir sus propios contenidos a través del omnipresente canal digital… En suma, la memez intelectiva en estado puro.

Cada vez que interactuamos en esa tupida red, aunque sea en la manera inocente de enviarnos un sencillo mensaje de WhatsApp, ocupamos espacio en la nube. Un monstruo desmedido al que hay que alimentar segundo a segundo, cueste lo que cueste, en gigantescos centros de datos que necesitan ser refrigerados constantemente con desmesuradas cantidades de energía. Nuestras herramientas están diseñadas para bailar la misma danza desde que nos levantamos hasta que nos acostamos e incluso a veces durante el descanso. De esta fuente de energía física y resonadora en miles de millones de conciencias derivan las adicciones a las redes sociales y a todos los artilugios digitales que las sustentan, con su secuela interminable de odios y extremismos. De aquí se deriva la generalización del comportamiento automático, en muchos casos plenamente robotizado, que aboca a un consumismo desmesurado. Un consumo de objetos, ideas o tendencias, pero también de personas, reducidas a la mera cosificación en el trabajo, en el sexo o en la relación interpersonal. En una palabra, lo que estaba al alcance de un emperador romano medio de todas las dinastías conocidas casi podría afirmarse que, gracias a ese tipo de “avances” de nuestra civilización, se ha convertido hoy en el derecho indiscutible de cualquier ciudadano medio convenientemente digitalizado.

Es un factor a considerar el poder real que cada día va adquiriendo esta masa de pequeños nerones, que crecen sin medida entre las clases populares, de manera especial en el entorno delimitado por las clases medias. Un poder que les otorga su gran número y capacidad vocinglera, tanto si es crítica como si es laudatoria de la sociedad en que viven. Aunque solamente sea por su influencia en la creación de modas y tendencias (de hecho, el mal gusto de nuestra época proviene en buena medida de la incultura y falta de sensibilidad en esta parte de la población).

En definitiva, en política, que es lo que en suma importa, cuentan y mucho. El populismo en todas sus formas conocidas hasta ahora suele lanzar sus redes mediáticas en este vastísimo meandro del río social. En cuanto al arte que se suele producir en nuestro tiempo, ya sólo falta que la masa de pequeños nerones se dote de liras y cítaras y empiecen a castigarnos los oídos con sus poemas entre multitud de estridentes chirridos, generados (¿por qué no?) mediante aplicaciones de creatividad a la carta facilitadas por las más absurdas y delirantes aplicaciones de la Inteligencia Artificial.

En su famosa novela Quo vadis, llevada al cine en varias ocasiones, el premio Nobel de Literatura Henryk Sienkiewicz expresó una parte sustancial del problema político que aquí se dirime mediante una frase lapidaria. Ante la Roma depravada del emperador Nerón que, como ciudad santa o eterna, estaba destinada a suceder a Jerusalén, el apóstol Pedro se llevaba las manos a la cabeza y exclamaba desde lo más profundo de su alma: “¡Señor! ¡Señor! ¡En qué manos has puesto el gobierno del mundo!”.

Cambiando los personajes y avanzando un par de milenios en la historia de Occidente, esta inquietud del escritor polaco parece muy actual. El gobierno del mundo ha caído en buena parte en manos ociosas, regidas por cabezas generalmente huecas o bastante vacías o, lo que es peor, atiborradas de prejuicios, mentiras y simplezas. Sea ante el incendio de la ciudad eterna o contemplando a distancia las llamas de la mundana Los Ángeles, desde la mentira a la carta a la más extrema locura, el poder resonador y multiplicador del algoritmo garantiza letra y música a gogó a esta parte en aumento de la masa popular en imparable proceso de cretinización.

En términos sociológicos el gobierno en toda mesocracia que se precie está de manera natural, casi orgánica, en manos de la clase intermedia entre la que conforman los poderosos y la que integran los más desposeídos (algo así como los ciudadanos romanos con unos mínimos recursos, situados entre los patricios y los esclavos, a los que cabía añadir a los pobres de solemnidad y a la mayor parte de los extranjeros). En nuestra época esta clase media (perdóneseme la obviedad) es en última instancia la masa social hegemónica y dirigente en política. Porque, en definitiva, es precisamente ella la que engendra, nutre y conforma la denominada clase o casta política que nos gobierna.

 


Extracto de la obra El control de calidad del poder político. Cómo el gobierno mediocre destruye la democracia de Francesc Ribera Raichs. Perteneciente al apartado 2º “El tablero, las fichas y las reglas del juego”, del capítulo VII: “Un entorno volátil, incierto, complejo ambiguo”. (pp. 298-304)

El CONTROL DE CALIDAD DEL PODER POLÍTICO. Cómo el gobierno mediocre destruye la democracia (Dobleerre Editorial)

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