
Conocimiento, historia del conocimiento y merienda de locos
septiembre 24, 2025 Desactivado Por Frances Ribera Raichs
Existe la sospecha generalizada de que, a la chita callando, se está rehaciendo la interpretación no sólo de nuestra vida sino de todas las vidas pasadas en la historia de la raza humana. Ríanse, pues, de las explicaciones que hemos conseguido hasta hoy mediante complejas indagaciones en vetustos manuscritos o en las excavaciones de venerables ruinas históricas. La respuesta será diferente a lo que sabemos hasta ahora. Pero no debida al conocimiento científico, basado en la ética intelectual con sus métodos y reglas (además de la aplicación de mucho trabajo altruista), sino por la memez colectiva de ignorantes encaramados en los medios académicos y de comunicación, promovidos e impulsados por las abejas reinas de las colmenas sociales.
Sin autorización de sus autores, Meta ya está utilizando obras protegidas por la Ley de Propiedad Intelectual para entrenar su modelo de IA generativa. Cierro la redacción de este manuscrito con la noticia de varias asociaciones de editores europeos presentando una demanda judicial contra la empresa de Zuckerberg. No quiero pensar en lo que estará sucediendo con las obras no protegidas por la ley, es decir, las llamadas “huérfanas” o que han sobrepasado los setenta años preceptivos después de la muerte de sus autores: Casi todo el saber acumulado durante milenios en las viejas literaturas de la libertad y la dignidad, más las aportaciones de los antiguos y nuevos filósofos acerca de todo lo humano y parte de lo divino. ¡Prácticamente toda la historia del pensamiento humano!
Así, pues, en cada nuevo avance del surveillance capitalism, y de su criatura emergente la IA, nos enfrentamos con algunas de las preguntas esenciales planteadas por la profesora de psicología de la Harvard Business School Harvard Shoshana Zuboff en su obra La era del capitalismo de la vigilancia. La lucha por un futuro humano frente a las nuevas fronteras del poder. Me refiero a una de ellas. Parece que lo tenemos cuesta arriba los que por nuestra condición de “letrasados” (modismo que define hoy entre los jóvenes a los que cursan las carreras que antes se llamaban “de letras”). Aunque también puede incluirse en la definición a los centenares de miles o millones de científicos, en otras especialidades no tan directamente relacionadas con la alta matemática, que arriman el hombro en el levantamiento de la muralla de la “ética del conocimiento”, a la que me refiero en los apartados finales del ensayo. Al respecto, Zuboff cita al experto en el estudio de la información Martin Hilbert y su equipo de colaboradores: “Han señalado que incluso los elementos fundacionales de la civilización, como ‘el lenguaje, los activos culturales, las tradiciones, las instituciones, las normas y las leyes (…) están siendo digitalizados en estos momentos y, por vez primera, traducidos explícitamente a un código visible’, para ser luego devueltos a la sociedad a través del filtro de los ‘algoritmos inteligentes’ utilizados para administrar una variedad rápidamente creciente de funciones comerciales, gubernamentales y sociales”.
El poeta romano Juvenal, el de la resobada pregunta “¿quién vigilará a los vigilantes?”, se habría reído con ganas de haber conocido una operación semejante. Sabido es que en su época existían esclavos felices que entonaban cánticos a sus dioses en demanda de una vida al menos más soportable o mejorable. Pues bien, ahora ya no hace falta saber quién vigilará a los vigilantes. La respuesta es muy sencilla: los vigilantes se vigilan a sí mismos y, por supuesto, entre ellos, para conseguir más poder o simplemente más dinero. De modo que, a lo que parece, en este aspecto concreto de la gran operación digital de nuestra época aplicada a la cosa pública podemos concluir que se acelera el proceso de extremaunción y honesto sepelio de la veterana democracia liberal, al servicio —al menos en teoría— de las llamadas clases medias.
La aparición estelar de la IA con su correspondiente vestido de ceremonias, el 30 de noviembre de 2022, fue la señal de partida en la ampliación de la merienda de locos en la que hoy estamos metidos de hoz y coz. Sus objetivos principales estaban contenidos en la primera gran ofensiva de la primera década del siglo, la primera batalla perdida irremisiblemente por el conjunto de la ciudadanía y por el sistema mesocrático en el que asentamos nuestros derechos. Ante el nuevo desafío destacan dos reacciones iniciales. El nuevo invento ha despertado una justificada prevención entre los científicos y académicos más conscientes. Esta vez los más destacados intelectuales de nuestra época no podrán alegar ignorancia. Centenares de ellos firmaron, en marzo de 2023, una carta abierta advirtiendo sobre "los riesgos profundos para la sociedad y la humanidad" de la nueva tecnología en la que pedían una moratoria de seis meses en su desarrollo. Casi nadie les ha hecho caso, ni los que parecen más directamente concernidos ni los gobiernos encargados de velar por los derechos de la ciudadanía. De manera que, si una parte considerable de los firmantes acaba claudicando o, como suele acontecer vuelven a encerrarse en sus respectivas torres de marfil tampoco habrá que rasgarse las vestiduras…
La segunda reacción es la del público en general. Como en la embestida anterior a su derecho a la intimidad, podría calificarse de infantil. Ha recibido un caramelo envenenado que se apresura a degustar cuando la inmensa mayoría de la gente apenas es capaz de valorar qué contiene más allá de la primera capa de azúcar. Sam Altman, CEO de Open AI, empresa ligada a Microsoft gracias al ChatGPT, el último gurú entre los visionarios del utopismo tecnológico que resolverá todos nuestros males, anunció que en los dos primeros meses ya superaban los cien millones de usuarios. Ni qué decir tiene que Google fabrica y distribuye su versión de la golosina. Y, claro está, puesto que un duopolio es poco presentable ante la opinión pública, ya se están preparando los otros reyes del mambo digital para ocupar su plaza en el férreo oligopolio de esta nueva vertiente del negocio.
De momento, el problema no parece estar en qué se hace con el conocimiento sino más bien en quién lo hace y, naturalmente, con qué finalidad. Más allá del océano nuestros datos son propiedad de un selecto grupo de particulares, en Asia la mayor parte pertenecen en última instancia al partido comunista chino. En Europa, que no cuenta apenas para nada, la legislación protege al menos teóricamente a la ciudadanía. El problema está en saber quién protege a ésta de la incompetencia de los políticos que la gobiernan.
Con todo, reitero mi convencimiento de que no es adecuado recurrir a la conspiración política de un puñado de “individuos raros” (como los calificó Tim Walz, candidato demócrata a vicepresidente con la derrotada Kamala Harris). De momento, parece que la lógica económica va por encima de cualquier otra consideración. Y todavía prima la influencia social y el poder político que es capaz de movilizar la clase media. Otra cosa es si esa mayoría social quiere ejercer el poder que tiene o, simplemente, suicidarse. Diferente puede ser también el papel del gobierno chino. La irrupción en la IA de la aplicación popular DeepSeek es debida, sin duda, a otro genio de los algoritmos que cuenta con el apoyo oficial necesario. Así América nos sumerge en la dimensión desconocida y China se mantiene en su tradicional e impenetrable misterio, al menos para el hombre medio occidental. Mientras tanto Europa observa y sufre. Y poca cosa más.
Extracto de la obra El control de calidad del poder político. Cómo el gobierno mediocre destruye la democracia de Francesc Ribera Raichs. Perteneciente al apartado 4º del capítulo VIII: Las nuevas ágoras de las “multitudes inteligentes”
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