Más allá de la libertad y la dignidad

Más allá de la libertad y la dignidad

enero 22, 2026 Desactivado Por Frances Ribera Raichs
Francesc Ribera Raichs es escritor y editor especializado en información empresarial y en la publicación de obras dedicadas al fomento de la calidad, la excelencia y la innovación. Acaba de publicar en 2025 el libro El control de calidad del poder político. Cómo el gobierno mediocre destruye la democracia; continuación de la obra, de 2019, ¿Es posible garantizar la calidad en los profesionales de la política? en la que desarrollaba la serie de ocho artículos “Calidad y Partidos Políticos” publicados, entre enero y septiembre de 2015, en esta revista digital.

El imperio de Matrix hacia el que vamos o nos llevan se basa, obviamente, en concepciones ideológicas concretas. En el ámbito digital viene a culminar la derrota de las clases medias ilustradas, que aquí consienten también la laminación de su espacio de poder o de influencia como verdadera “élite social mesocrática”. Un proceso en avanzado estado de desarrollo ante el que, si no se reacciona con energía, contribuirá decisivamente a desplazar en pocos años a esta parte de la sociedad de su posición hegemónica actual a otra secundaria o subalterna. O, expresado de una forma aún más cruda: culminará en la supresión de la democracia liberal como forma de gobierno.

De nuevo, para ilustrar esta perversa dinámica, me sirve la obra de la profesora de psicología social de la Harvard Business School Shoshana Zuboff La era del capitalismo de la vigilancia. La lucha por un futuro humano frente a las nuevas fronteras del poder, de 2020. La autora no se limita a una mera descripción del problema del surveillance capitalism, sino que busca en sus raíces filosóficas e ideológicas las claves para interpretarlo. La principal la encuentra y nos la descubre en la obra del padre del conductismo, a veces denominado también ambientalismo, B. F. Skinner. En su época de estudiante en Harvard, la Dra. Zuboff conoció personalmente al padre ideológico de los gurús que han ido imponiendo su pensamiento conductista como el más útil para la ciudadanía en democracia, en especial (claro está) utilísimo para los adinerados patronos de la cuantiosa tropa de programadores digitales a su servicio.

En resumen, no hay que dejar que la gente piense por sí misma, puesto que de ahí surgen los conflictos sociales; es preferible, pues, programarles como máquinas para que sigan una conducta previsible y plausible (se supone que para los que dirigen esta programación, por supuesto). El innovador y polémico psicólogo norteamericano aparta el foco del individuo como actor social, con sus valores, sus conocimientos y defectos, sus temores y sus angustias, para centrarlo en el ambiente que lo condiciona. En su obra Más allá de la libertad y la dignidad, de 1971, publicada en castellano al año siguiente, se plantea cómo alcanzar una mínima armonía social, y en consecuencia cuál es la esencia del ser humano y cómo debe ser tratado el individuo. Su respuesta es clara: “Conforme la ciencia de la conducta va adoptando la estrategia de la física y la biología, el agente autónomo a quién tradicionalmente se había atribuido la conducta, es reemplazado por el ambiente —un ambiente en el cual la especie se desarrolló y en el que la conducta del individuo es modelada y mantenida—” (Skinner 1972, p. 229). Y más adelante: “Siempre es el ambiente el que origina la conducta, con la cual se solucionan los problemas, aun cuando los problemas tengamos que localizarlos en el mundo privado dentro de nuestra piel” (idem, p. 241).

De aquí se deriva que la conducta humana puede y debe programarse, de la misma manera que incidimos en la de numerosas especies animales con las que interactuamos. Skinner fue claro y, desde el punto de vista intelectual, guste o no, fue por ello honesto en su planteamiento. Propuso un detallado plan de reconducción de los integrantes del hormiguero humano de su época mediante técnicas psicológicas de modificación de la conducta. Incluso en su novela Walden dos, hacia una sociedad humana científicamente construida, publicada en 1948, planteaba sobre el papel una vida social feliz, en una sociedad utópica en la que se había extirpado cualquier atisbo de perniciosa individualidad.

Aclaradas las premisas ideológicas, en la planificación de la ingeniería de la conducta no queda espacio para la humanidad tal como la mayoría de personas, sea cual sea nuestra extracción cultural, solemos conocerla y considerarla. “Las expresiones [de nuestra humanidad e individualidad] no son muy útiles, que digamos, pero nos proporcionan una clave. Lo que queda sometido a proceso de abolición es el hombre autónomo —el hombre interior, el homúnculo, el demonio posesivo, el hombre defendido y propugnado por las literaturas de la libertad y la dignidad” (idem, p. 248).

Sólo un inciso para reconocer la obviedad, que el lector va comprobando fácilmente en la lectura de mi ensayo, por la que tiendo a reforzar algunos de mis planteamientos mediante citas provenientes de este tipo de literaturas. Puede por ello imaginarse el estupor que me produjo la lectura de esta obra en el inicio de mis estudios universitarios. Nunca podré agradecer lo suficiente la amplitud de miras que manifestaron los directores del plan de estudios vigente por aquel entonces en la facultad de Filosofía y Letras de la Universidad de Barcelona. En mi caso concreto, a partir de las materias troncales en la especialidad de Historia Moderna y Contemporánea, mediante asignaturas optativas en el currículum académico, se facilitaba la introducción en ámbitos de conocimiento, más o menos directamente relacionados: como sociología, economía política, psicología, antropología cultural, teoría de la comunicación, etc.

En referencia a las ciencias sociales y humanas me place rememorar a veces las frecuentes discusiones, algo bizantinas, entre alumnos y docentes sobre cuáles de las materias que estudiábamos podían considerarse como ciencias puras. Es decir, semejantes a las ciencias naturales, en especial a las consideradas en sentido “duro”, como es el caso de la matemática o la física. No recuerdo mis opiniones en aquella fase elemental de mi formación, tan sólo sé que contribuí con mi aportación individual al éxito de ventas del libro de Skinner, que se anunciaba como “el más importante, polémico y aterrador, publicado este año”. En este caso concreto la publicidad, a la que solemos dedicarnos los editores, no era desmesurada. Además, era premonitoria de lo que una de sus alumnas ha sabido condensar en la obra fundamental que comento. De modo que no me arrepiento de mi interés ya en aquel entonces hacia el fondo del asunto, como celebro estar profundizando ahora en la aportación de su discípula rebelde, que me sirve muy bien para hilvanar el discurso en esta parte del ensayo.

Vuelvo al presente caótico, a veces surrealista y a menudo disparatado. El caso es que ahora resulta que el polémico y distópico ideal “científico” del pionero Skinner está siendo aplicado, sin miramientos sobre nuestros pellejos por parte de sus seguidores “digitales”. Es un éxito incuestionable de los denominados por la psicóloga social de Harvard “capitalistas de la vigilancia”, con su nutrida cohorte de ingenieros y científicos que siguen sus consignas en grandes corporaciones, en empresas asociadas o creadas “ad hoc” e incluso en el entorno académico más científicamente aséptico. Entre estos últimos cabe destacar al que, como Skinner, se ha atrevido a teorizar o dar forma intelectual a estas propuestas. Me refiero a Alex Pentland, director del Human Dynamics Lab, integrado en el MIT Media Lab, y a su obra, de 2014, Social Phisics. En ella expresa el gran cambio operado en los medios de análisis y control desde la época de Skinner. Gracias a la aparición de nuevos actores como el Big Data, con la sofisticada minería de datos y la capacidad en constante aumento de la ingeniería de máquinas. Su optimismo científico se refleja en afirmaciones del siguiente tenor: “Los macrodatos nos brindan la oportunidad de ver la sociedad en toda su complejidad, a través de los millones de redes de intercambios de persona a persona. Si tuviéramos un ‘ojo de Dios’, una visión que todo lo ve, entonces podríamos llegar potencialmente a adquirir un verdadero conocimiento de cómo funciona la sociedad y tomar medidas para arreglar nuestros problemas” (Zuboff 2020, p. 571).

Como recuerda la Dra. Zuboff, la paternidad del término “física social” corresponde a Auguste Comte (1798-1857), en el marco del positivismo de su época, como propuesta de un tratamiento físico y científico, por encima del humano o político, de los nuevos datos objetivables que, ya en la primera mitad del siglo XIX, iban descubriéndose sobre las conductas sociales. Aunque es evidente que el primer planteamiento serio del desarrollo de tal suerte de cientifismo en seres humanos se debe a Skinner. Porque de esto se trata, de crear un mundo feliz, alejado de conflictos interpersonales y sociales. El pensamiento utópico sigue estando en la base de lo que nos proponen los partidarios de la nueva “sociedad instrumentaria”, en la terminología de Zuboff. Sólo que ya no se conforman con las migajas de nuestras huellas digitales depositadas segundo a segundo en sus bancos de datos. No les basta con las manecitas o patitas de los insectos atrapados en sus gigantescas colmenas. Quieren también el resto.

El plan conductual diseñado por Skinner ha sido asumido a la perfección por esas mentes al servicio de la máquina. Siempre que, por supuesto, les proporcione dinero a espuertas. De ningún modo al servicio del pequeño y misérrimo ser humano. Con ello se evidencia la consecuencia lógica de esta manera de pensar, que aligera a la ciudadanía de la pesada carga que supone la libertad individual; en este caso mediante la consiguiente asunción del poder político por parte de una minoría de superdotados. Así, el mismo gobierno puede acabar formando parte del nuevo mecanismo implantado, para acabar convirtiendo en superflua cualquier sanción democrática de sus acciones.

Para su discípulo Pentland la colmena social debe reproducir la colmena de las máquinas, mucho más predecible. “Concibe la sociedad instrumentaria como un punto de inflexión histórico comparable a la invención de la imprenta o de internet. Significa que, por primera vez en la historia, ‘tendremos los datos necesarios para conocernos realmente a nosotros mismos y para comprender cómo evoluciona la sociedad’ (…) Los torrentes continuos de datos sobre el comportamiento humano que todo, desde el tráfico hasta el consumo de energía, pasando por las enfermedades y la delincuencia callejera, podrá ser pronosticado con precisión, lo que ‘posibilitará un mundo sin guerra ni cracks financieros, un mundo en el que las enfermedades infecciosas sean detectadas y frenadas con prontitud, en el que la energía, el agua y otros recursos ya no se desperdicien, y en el que los gobiernos dejen de ser una parte del problema y pasen a ser parte de la solución’. Esta nueva ‘inteligencia colectiva’ actúa al servicio de un bien superior, pues aprendemos así a actuar ‘de un modo coordinado’, basado en ‘universales sociales’” (idem, p. 573).

De tan gentil manera nos convertimos en los instrumentos perfectos de una maquinaria bien instrumentada. Pero, eso sí, siempre orientada al lucro, siempre al acecho de nuestro excedente conductual en la Red, captado por multitud de ingeniosos dispositivos. Así una nueva facilidad de elección, a la distancia de pocos clics, conseguirá descargarnos de la vieja rémora del libre albedrío y, siguiendo al viejo científico conductista, aceptaremos su conclusión más determinante: “Una persona no actúa sobre el mundo, es el mundo el que actúa sobre ella” (idem, p. 583).

Con lo que, convertidos en perfectos y excelentes cadáveres digitales, pasamos a engrosar el diabólico engranaje dominado por un conjunto —disperso en apariencia, aunque muy concreto— de propietarios, ingenieros, académicos como Pentland y científicos sociales en las áreas con un mejor desarrollo del lenguaje tecnológico preciso para la descomunal operación. Este grupo de profesionales altamente cualificados constituyen hoy una auténtica casta sacerdotal, al servicio de los grandes propietarios del negocio cibernético, y se enriquece a su vera. De hecho, gran parte de su obra teórica y práctica consiste en la legitimación del poder ocupado por el capitalismo de la vigilancia.

Y ahora lo está siendo también de la IA, en manos de un puñado de oligopolios que tenderán a reducir el dominio de este nuevo instrumento digital para depositarlo, como siempre, a disposición de una ínfima minoría de privilegiados norteamericanos, chinos o de dónde sean. Ellos están destinados a ser los amos y señores feudales de este siglo tan desconcertante e incierto en el que nos toca vivir. Unos amos que, por cierto, utilizan a menudo la primera persona del plural para referirse a su selecto club. Este “Nosotros” —al que, de manera muy ingenua, algunas abejitas o abejorros creen pertenecer— conforma en realidad a la minoría detentadora de un poder omnímodo que amenaza con socavar las raíces de nuestra sociedad abierta y del sistema democrático de gobierno basado en ella. En el trabajo de Zuboff se describe paso a paso cómo se va pasando del viejo totalitarismo coercitivo del viejo Gran Hermano al nuevo instrumentalismo del nuevo Gran Otro.


Extracto de la obra El control de calidad del poder político. Cómo el gobierno mediocre destruye la democracia de Francesc Ribera Raichs. Perteneciente al apartado 2º Una sociedad “instrumentaria” para el nuevo colectivismo, del capítulo VIII: Las nuevas ágoras de las “multitudes inteligentes” (pp. 345-348)

El CONTROL DE CALIDAD DEL PODER POLÍTICO. Cómo el gobierno mediocre destruye la democracia (Dobleerre Editorial)

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